
Hace unos días, por mediación de un buen amigo, vi un video que hace un resumen de todo lo que nos rodea hoy en día: una adolescente convertida en producto, vendiéndose a sí misma como mercancía para un público que consume personas. Y entonces la pregunta que me asaltó fue: ¿para qué nos están programando?; ¿En qué nos estamos convirtiendo?.
Lucha.
Recuerdo cuando en la Universidad luchábamos por quienes venían detrás, ¿recuerdas?. Cuando defendíamos, desde nuestra delegación y en las calles, el conocimiento, la educación pública, el derecho a aprender sin convertirlo en un lujo. Pero no, no peleábamos por nosotros: peleábamos por nuestros hermanos pequeños, por nuestros hijos, por los que aún no habían llegado. Por ti.
Por ti.
Pero, ¿y ahora? ¿Quién lucha por quién?
Hemos caído en este individualismo colectivo selectivo: «si yo estoy bien, lo demás puede esperar«. La empatía se ha vuelto superficial, un «menos mal que no fui yo«, disfrazado de sentimiento vacío.
¿Dónde quedaron nuestras causas sociales? ¿Dónde quedaron las rebeliones, las huelgas, las Universidades en carne viva, encierros, cafés, libros, manifiestos…; donde quedaron los ideales?
Lavado de cerebro. Nos ha podido el miedo. Nos ha podido el miedo.
Separación.
Tenemos demasiados problemas personales atemporales y poca dedicación colectiva. Nos han hecho creer que la realidad es demasiado grande para poder cambiarla, para poder acercarnos a ella. Pero ya sabemos que la revolución no nace de la comodidad, de la cordialidad, de la conformidad. ¿No? Así me gusta.
Vivimos atrapados en nuestra dictadura del instante, del Ya. No hay tiempo para pintar los muros, para hacer panfletos, camisetas, para correr la voz. Para despertar conciencias: porque todo ello requiere un camino, cocerlo a fuego lento y recoger los frutos. No. No hay tiempo en la sociedad del Ya. Porque nos han robado el tiempo que dedicábamos a pensar, a leer con amigos, a confrontar ideas (por miedo a enfados, confrontaciones, ya no sabemos ni confrontar al otro) En la sociedad del Ya no ha tiempo para imaginar otro futuro que el que vemos.
Y hoy, hoy sólo quedamos yo y un mundo que nos exige más de lo que cualquier persona puede dar. Un mundo que nos enferma de ansiedad, de depresiones, de estrés. Un mundo que nos dice que nada es suficiente sino mostramos los viajes que hacemos, las compras que realizamos, la piel deseable, el sexo con sentido (¿o era consentido?), la comodidad impostada. La mentira anestesiada de la realidad. ¿Vale la pena? Disculpa pero no. No.
Más, más, más. Más vacaciones, más ropa, más coches, más dinero. Más, hasta vaciarnos. Esta es la empatía del siglo XXI, distorsión constante por comparación. Permíteme que me ría.
[…] la seducción reemplaza a la Revolución. La fuerza se diluye, Las grandes genialidades históricas pierden brillo porque ya nada parece importante […]. No es nihilismo: es desgaste emocional por jaque mate. Los principios se erosionan y lo esencial queda relegado por lo que simplemente llama la atención.
[…] el sistema educativo está desacralizado. […] La enseñanza se ha vuelto una formación neutralizada por la baja exigencia. Los jóvenes vegetan sin motivaciones ni intereses profundos […]
Necesitamos reintroducir lo social. Hay mucho que perder y poco que ganar. Esta Era del vacío nos gana la partida, ¿no es así, Lipovetsky?
Recuperemos lo común. Recuperemos la lucha y, por supuesto, recuperemos el nosotros, el de verdad.
¿Te atreves?
Si no vamos juntos, no vamos a ninguna parte.









