Un asunto demasiado familiar.

Necesitamos información para poder relacionarnos con las personas que nos rodean. Si nos falta algún dato, si nos queda algún resquicio por tapar caemos en la ignorancia y nunca podremos satisfacer la necesidad de comunicación real, la verdadera esencia de la que se nutre dicha consciencia para hacer realidad su forma.

Cuando esa información que necesitamos rodea a una persona, ésta se nos hace inaccesible porque no sabemos cómo abordar ese primer contacto sin caer en la imprudencia, qué hacer para poder llevar a cabo ese acercamiento que nos vaya llenando los huecos de la temida desinformación.

Cada persona tiene su mundo interior al que sólo acceden los más allegados. En ese mundo guardamos cualquier sensación, reacción, motivo o circunstancia que nos va moldeando como personas y que, en algún momento, no llegamos a entender y la desterramos a esos fondos para olvidarlas aunque quedan latentes y manifestándose en tu subconsciente.

¿Qué pasaría si esa información quedara al descubierto por algun error de cálculos? ¿Qué pasaría si esos ecos quedan vulnerables a cualquiera?

En Un asunto demasiado familiar de Rosa Ribas, nos adentramos en las entrañas de las personas de una misma familia, los Hernández, familia de detectives que , desde siempre acceden al mundo de las desapariciones, situaciones embarazosas para dar sentido a la profesión de detective que envuelve su gran nombre. Pero, ¿hasta dónde llega el límite de lo detestivesco? ¿Cómo plantear la investigación de la propia familia si todo lo que hay que esconder queda a flote?

Cuando el mundo interior queda abierto, nadie sabe lo que puede pasar.

¿Te arriesgarías a descubrirlo?

El último barco.

La vida se compone de pequeños detalles que nos van mostrando toda esa gama de sensaciones, emociones variadas que nos dejan un regusto complejo y constante que variará según la persona.

En mi caso, se abre paso a grandes zancadas la emoción por el misterio, del interrogante que se crea en torno a un suceso, a un momento concreto del tiempo, un lugar y un espacio determinado.

Porque el misterio te mantiene en vilo intentando, con la sucesión de acontecimientos y la lógica permitida, resolver lo que se acomete en imaginados escenarios o, por qué no, reales.

Pero hay muchas maneras de narrar un suceso novelesco con tintes de género policiaco ya que, normalmente, se nos muestra el acontecimiento que desencadena todo y, a partir de ahí, elucubramos los distintos motivos por lo que todo sucede o ha sucedido de esa forma. Pero no, en El último barco de Domingo Villar no tenemos la certeza de lo que ha sucedido hasta el final de la novela. Mientras, todo son suposiciones, medias verdades sin que nada sea concluyente y sin saber, a ciencia cierta, por dónde seguir esa investigación.

La intuición.

La intuición del inspector Leo Caldas será la fuente inagotable de argumentos en los que se gestan la gran parte de suposiciones porque con la intuición podemos, sin ni tan si quiera tener absolutamente nada, dirigir los pasos hacia un determinado momento, hacia una determinada persona. Y Leo Caldas nos deja claro que consta con una gran intuición pero, ¿será en esta novela donde lo veamos flaquear? ¿Será en esta novela donde lo veamos en punto muerto?

Domingo Villar nos hace seguir el hilo de una novela magistral, auténtico género policiaco que te embauca desde el primer capítulo, capítulos de lectura rápida que te dejan con ganas de más, de seguir intuyendo lo que ha sucedido con Mónica Andrade y de ser parte de la investigación ya que, al acabar la lectura sigues pensando como Caldas para conseguir, de algún modo, la verdad.

¿Tienes buena intuición? Descúbrelo.

La paradoja del bibliotecario ciego.

Se dice que la paradoja es aquello que se muestra contrario a toda lógica. La lógica es lo aparentemente real, aquello que tiene sentido, lo que consideramos, en cierta medida, coherente pero, ¿coherente en ti?, ¿coherente en mí?.

Seguimos los patrones de una vida confeccionada con manos de otro porque, cuando miramos hacia adentro, hacia nosotros mismos, los pensamientos o todo aquello que estamos hartos de repetir una y otra vez nos parecen raros e, incluso, ridículos en comparación con las rutinas adquiridas por los demás.

Miramos la vida desde un cristal equivocado.

Error. Sin corrección.

Porque seguimos haciéndolo sin pensar que lo coherente es lo que de verdad sentimos. Es el bienestar hacia uno mismo, el respeto que tu mismo te dedicas. A ti, sólo a ti.

Pero lo cierto es que lo complicamos todo y cada vez más. Seguimos creyendo que la felicidad duele, que tiene que doler. Esa es la paradoja de nuestra coherencia, de nuestra lógica. Ser una persona feliz no tiene que casar irremediablemente con el sufrimiento. Si eres feliz, serás todo lo que conlleva esa palabra, ese estado de ánimo pero, no por serlo estás abocado a sufrir.

En La paradoja del bibliotecario ciego, los autores, Ana Ballabriga y David Zaplana, muestran esa necesidad de vivir un sentimiento y su opuesto. El protagonista visto, además como antagonista, con esa necesidad de mostrar que cualquier acto requiere una consecuencia.

Camilo, uno de los personajes centrales, autor reconocido por las masas de género de novela negra, representa el éxito y el fracaso, el amor y el deseo desde la visual más violenta, más antifeminista y antisocial pues, por un descubrimiento casual, vivirá y contrapondrá una situación en la que tendrá que poner a prueba su esencia vital. La verdadera importancia de su existencia.

Ninguno de los personajes es lo que realmente nos muestran. Personajes paradójicos, contrapuntos de su propio ser, definiéndose por lo que son y por lo que no son. Lo que hacen y lo que no. Lo que muestran y lo que guardan para sí.

Fantasía y realidad. Violencia y amor, fidelidad y traición. Sí y no.

Paradoja lógica o contrapunto y consecuencia.