Roja, puta y gaditana.

Fotografía: Gaelia Smith.

Este libro no habla de una historia de guerras. Este libro no habla de un bando Nacional o un bando Republicano, de un golpe de Estado, de una dictadura o de la masacre que desentraña una guerra.

Este libro no habla de la posguera y sus consecuencias. Este libro no habla de batallas no ganadas con fusiles y metralletas, con miedos y con mentiras.

Este libro habla de la gente, de la diferencia de clases, del dinero destinado a los más ricos y de la pobreza maltratando a los necesitados. Habla de la inocencia y la desvergüenza, del miedo y de la venganza en sus más bajos niveles, de un pueblo y su habitantes. Este libro habla de María, una mujer que ama la cultura, sobreviviente entre tanta miseria; de Fidel, un hombre de poca moralidad, con dinero y sin honor.

Este libro reflexiona sobre la naturaleza humana, sobre el poder de los poderosos y el valor de los que no tienen nada que perder. Relata el tiempo que dura la Guerra porque, aún hoy, seguimos diferenciándonos entre rojos y fachas aunque algunos lo hagan sin el conocimiento necesario de aquel fatídico mes de julio de 1936 o, quizás, mucho tiempo atrás.

Este libro nos cuenta la historia de la gente que sí quiere vivir, de la que vive sin querer. Es un alegato a la vida y a la justicia que, aunque tarde, siempre se abre camino.

Este libro descubre a los poetas que nacen de la sensibilidad de las palabras, del significado de las mismas; de cómo sanan, de cómo hieren, del desconocimento de sus poderes.

Este libro de Rafael M. Pastrana alaba la vida, todo lo que importa. Va de ser Roja, Puta y Gaditana, de la cultura y las buenas intenciones.

Este libro habla…

de vivir.

La comunidad.

Foto: Gaelia Smith

Decisiones.

Las decisiones conforman nuestra existencia. Consecuencias, ecos de las confrontaciones que albergan nuestro camino.

Decidir qué hacer, saber qué decir en el momento adecuado, ese momento que se roba un minuto, esa mirada, la necesidad de contacto que confirma que el poder del destino lo hallamos en la contraposición: sí o no, bien o mal, aquí o allá.

Responsabilidad. Miedo a la confrontación. Expectativas que quedan varadas a la espalda de cada pérdida, de cada ganancia.

Las decisiones traen consigo una consecuencia, una parte indeleble de la razón de ser de la persona y, en el peor de los casos, sólo queda hablar en pretérito de subjuntivo para calmar, para clamar al resultado fallido, la paciencia quebrada, esa parte disimulada.

Porque todo queda expuesto. Porque tú quedas expuesta a la sociedad. Y da miedo, da miedo cuando perdemos la batalla.

Encrucijadas. De eso trata la vida.

En La comunidad de Helen Flood, situada en Kastanjesvingen, nada es lo que parece porque cada paso descubre las intenciones más ocultas de los habitantes y queda en suspense lo que sucederá. Y para Rikke y Asmund sólo una decisión tomada hizo falta para quedar a merced de esas opiniones bárbaras de los demás.

Lectura rápida, inteligente, capaz de dejar en vilo hasta el siguiente capítulo. Yo lo hice, lo leí, ¿te atreves?. «Tus secretos ya no están a salvo, entra en la comunidad«.

Instrucciones para una ola de calor.

Fotografía: Gaelia Smith.

La familia. El calor. ¿Hay un libro de instrucciones para ello?

Recuerdo que mi madre siempre me decía: la familia es la familia. Enfatizaba en el peso de la pertenencia, en evitar por todo medio la soledad como individuos. En la facilidad de la incondicionalidad.

Definir familia es fácil, no hay más que confirmar los significados de la RAE o de cualquier buscador en Internet y comprobar un resultado común: grupo de personas que conviven juntas y que están unidas por lazos de parentescos o legales. Con este lenguaje despersonalizado, si miramos a nuestro alrededor, vislumbramos una parte de esa familia que se nos muestra en las definiciones. Pero, realmente, ¿Cuál es el significado subjetivo de la palabra familia?

Partimos de la base de que la familia es el clan del que dependemos, nuestras señas de identidad, la que nos permite constatar que pertenecemos a un sitio en concreto, la que te da el origen y las creencias básicas para comenzar el camino. Las primeras leyes de vida te la inculca la familia.

La familia es ADN, es lo que te hace parecido a tu hermana, prima, madre, sobrina…, lo que nos distingue entre toda una multitud. El consabido parecido físico entre unos hermanos, entre padre e hijo, entre sobrino y tío. Pero, ¿este parecido físico, este ADN, es suficiente para aceptar a la familia? Hablo de aceptación, sí, porque hay veces que la familia con parentescos de consanguineidad no se conoce, no se trata, no hay lazo espiritual. No hay otros lazos que no sean los de haber nacido en el mismo clan. ¿Es suficiente esta consanguineidad?

La familia también es política, como en la definición de la RAE, es decir, las personas que eligen los miembros del clan para compartir su vida. Adquiere ese matiz de familia política. ¿Puede la familia política ser más familia que la del clan? ¿Puede darse esa situación? A veces sí, a veces llegas a un entendimiento pleno con esa persona que no alcanzas con las de tu clan. Otras veces no y sucede todo lo contrario. ¿Por qué sucede esto?

La familia, a mi entender, es la base de la experiencia que crece paulatinamente a medida que nos vamos conociendo a nosotros mismos. Es la constancia, la nota discordante, a veces, la veracidad, la opacidad, la costumbre, la intransigencia. La solidaridad, la confianza. Ser. Somos nosotros mismos los que confirmamos esa pertenencia o la negamos. Los que tenemos la decisión, primera y final.

A veces contamos con secretos para no dañar. La prudencia que se vale de la mentira para validar su presencia. Obviamos el daño racional porque descompensa la balanza, esa mentira piadosa evitará la exposición al peligro de extinción de la familia. Esa ola de calor que nos deja hastiados hasta que desaparece y podemos pensar con claridad. Esas instrucciones para una exposición al peligro de la pérdida.

Porque hay verdades incómodas, porque hay verdades irrefutables. Porque de ellas depende el equilibrio.

Cuando leemos Instrucciones para una ola de calor comenzamos con una historia familiar no más importante que otra, una huella que deja el apellido Riordan y que, a medida que avanzan las páginas, percibimos lo que no se dijo, las consecuencias de unos actos inconscientes, las decisiones no tomadas a tiempo, la apariencia fingida y la necesidad de la permanencia como tal. Maggie O’Farrell nos propone una ruta a través de los Riordan para desentrañar la definición completa de la palabra familia, con descripciones brillantes, con pasajes vivos y ligeros, una tragicomedia que nos llega a todos de lleno porque, ¿quién no pertenece a una familia, sea como sea?

La familia, tatuaje imborrable. ¿Cómo es el tuyo?

La mujer que tenía los pies feos.

Fotografía: Gaelia Smith.

Las relaciones. Pilares fundamentales.

Los tres pilares fundamentales en los que se sustenta una relación son, a mi entender: el amor, la confianza y la independencia.

Cada persona es única, no una mezcla confusa de ambos.

Si esta independencia se pierde entra en juego la codicia humana, el afán del ser humano por controlarlo todo, que incluye a la otra persona y, esto hace que se difumine la línea en la que se deja de ser uno para vivir desde el lado de la otra parte, para convertirse en un trasunto del otro.

La sensación de dominación queda relegada al libre albedrío. Ya no hay reglas. Gana el que más aguante. Y lo que antes era, queda relegado a ser una sombra , un recuerdo de lo que fue para respaldar las decisiones sin bases, para pensar en común sin creer, perdiendo la individualidad que lo definía.

Una pareja no te resta. Nunca.

Una pareja suma. Suma todo lo que se necesita para complementar, no para dominar.

Una pareja beneficia a la otra parte para seguir siendo uno y, aún así, estar acompañado, en todos los sentidos. Todo lo demás se torna tóxico. Gris.

En La mujer que tenía los pies feos de Jordi Soler, se nos describe, de una manera tragicómica, la pérdida paulatina de la personalidad para adherirse a la de una pareja elegida con esmero; con anécdotas variopintas y acciones maquiavélicas nos va infundiendo esa inseguridad de no saber quién eres, quién quieres ser o cómo quieres ser dentro de esa comunión afectiva.

La pareja.

La pareja une, crece, aprende. Nutre.

Sé tú, contigo para poder ser con los demás.

El secreto de Luzbel.

Foto: Gaelia Smith.

Creencias. Fe.

Religión. Mediatización.

Creer. Creer en algo. Sólo creer es lo que nos humaniza en este plano terrenal que nos ocupa ya que, necesitamos una solución lejos de lo racional en aquellos momentos en los que no tenemos ninguna otra opción que la de aferrarnos a nuestras creencias. Creer en algo. Creer en alguien. Creer.

Sólo creer.

Y manifestamos estas creencias desde una forma íntima y personal, moldeando nuestra estructura de valores para conseguir generar la calma perfecta en los momentos de desesperación. Pero también mostramos nuestra fe de una forma colectiva, compartiendo con aquellos más afines las experiencias vividas y sentirnos, de esta forma, más arropados. Pero sigue siendo lo mismo. Fe.

No obstante, cuando esta fe se torna estática, albergada por una institución, dejamos abierta la posibilidad de la deshumanización de la fe, de la sinrazón. Porque cuando todo se institucionaliza, se torna en un dogma sin sentido aparente, juega un papel desmesurado la dualidad de las cosas: el bien como contrapunto del mal. El cielo como advenimiento de lo bueno, el infierno como castigo al mal.

Todas estás manifestaciones llevan a radicalizar una actitud que debería ser genuinamente personal porque cada persona creerá en lo que le hace más fuerte, en lo que le hace más feliz, en lo que lo convierte en más humano. Lo que no entendemos provoca desasosiego encarnando el miedo y el terror.

Miedo. Misterio. Terror.

Víctor Herrero, a grandes rasgos, trata este tema en El secreto de Luzbel, en el que un misterioso asesinato vuelve a asolar el Monasterio de la Vid. Vanesa Chacón, en colaboración con el capitán de la guardia civil, Ramón Gámez, intentarán desentrañar los misterios que envuelven este crimen tan atroz, teniendo de nuevo, en el punto de mira a Ángel Beltrán, personaje que juega un papel importante también en la primera parte El plan de Luzbel.

Novela negra inteligente y bien construida que, mediante un suceso trágico, saca a la palestra temas tan interesantes como las traiciones, creencias, superación y las relaciones interpersonales.

¿Te vienes?

Bellas durmientes.

Foto: Gaelia Smith.

«En un futuro tan real y cercano que podría ser hoy, cuando las mujeres se duermen, brota de su cuerpo una especie de capullo que las aísla del exterior. […] Los hombres, por su parte, quedan abandonados a sus instintos primarios...»

… y es que, en un mundo donde la dualidad del ser está en compendio entre lo masculino y lo femenino, ¿qué pasaría si renegáramos de nuestra parte femenina?

Componemos nuestra esencia entre la parte y su contrario, porque nos nutrimos de lo necesario de cada una de ellas. Porque la dualidad es lo que mantiene el equilibrio en nuestra alma. Sin este equilibrio no tendríamos la percepción extra sensorial de lo natural.

Porque en Bellas durmientes, encontramos la dicotomía de la pérdida de nuestra parte femenina dejando sola la singularidad masculina en su partícula primigenia, sin esa estabilidad, perdemos la completa razón del ser. Al renegar de nuestra composición quedamos a la deriva, presos a la nada, al ninguneo de nuestros instintos, sin tener en cuenta la meta que nos lleva a la materialización de nuestros sueños. Hombre o mujer. Mujer u hombre.

Sin nuestro trasunto femenino convivimos con el vacío existencial, con lo incompleto, una parte banal, sola. Al igual que la pérdida de su contrario. Sin ambos, nos degradaríamos a la inconsciencia.

Stephen King nos demuestra, en esta novela, la necesidad de perseguir la dualidad completa, sin necesidad de elegir entre una y otra, ambas en su justa medida crean la armonía precisa sin necesidad de hablar de abusos, maltratos. Sin tener que pisotear la capacidad de una y de otras. Juntos.

Porque lo femenino completa a lo masculino. Y viceversa. Porque se crea una consonancia inexpugnable.

Dúo.

Cuidemos de nuestra alma con su división de poderes ya que, sino, seguiríamos tan ciegos como hasta ahora.

!Despierta¡

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El ocaso de don Julio.

Foto: Gaelia Smith

¡Siempre me han llamado la atención las novelas de suspenses, los thrillers!.

Han sido clave para engancharme a una trama bien construida, con esa sorpresiva intrusión de cada personaje en el momento adecuado. Con esos finales de impresión que nos alejan de la rutina y nos dejan a su merced, la de esos buenos autores.

Lo que realmente atrae es la necesidad de suponer un porqué, maquinar la trama con el nacimiento de los personajes, intentar adelantarnos a los acontecimientos antes de que sean revelados en sus páginas.

Rara vez acertaba en mi predicción pero, para mí, esos son los buenos thrillers, esos en los que, aunque hagas cientos de cábalas en tu cabeza siempre sorprenden con un giro experto que nos deja, literalmente, boquiabierto.

En El ocaso de don Julio encontramos esta magnífica sucesión de elementos. Una buena redacción por parte del autor, Gabriel Estañ Cerezo, una trama que encandila desde las primeras páginas ya que don Julio es aquel personaje que todos hemos conocido alguna vez, un arquetipo detectivesco que reinventa la lectura de las novelas de suspense. Los elementos sorpresivos evocados por ese alguien que no esperas, ese final intenso que nos maneja las emociones generando la sorpresa, esa extrañeza fuera de lo común.

Intenso. Increíble en el cual, la política juega un papel fundamental en la sucesión de los acontecimientos ya que la corrupción de los antagonistas es necesaria para la evolución de don Julio. Ese poder corrupto que se va derramando en todos los resquicios que quedan libres, sin compasión, sin liberación alguna. Aquel que don Julio intentará combatir aunque de ello dependa su bienestar.

Cuando Gabriel contactó conmigo para darme la oportunidad de conocer su novela me lancé sin dudarlo ni un momento y, al sumergirme de lleno en ella, me sorprendí gratamente en cada página leída.

Sin duda una recomendación al cien por ciento. Se genera una muy buena experiencia de lectura, ya lo anticipo.

En El ocaso de don Julio nada es lo que parece pero todo puede ser real.

¿Te atreves a descubrirlo?

El Ocaso de Don Julio : Estañ Cerezo, Gabriel: Amazon.es: Libros

La orilla celeste del agua.

Fotografía: Gaelia Smith

Albergamos una inteligencia social que desde el principio de nuestros tiempos está destinada a la acción.

Ahora, en nuestra era digital, queda acotada a las raquíticas frases recibidas que devoramos desde alguna de las innumerables pantallas de nuestros dispositivos electrónicos. Y cuando interaccionamos con algunos de esos followers ofrecemos la impresión que cada uno merece de nosotros, esa parte bien distinta que, intencionadamente, no se acerca a lo que realmente somos.

Sin embargo, cuando tenemos la posibilidad de accionar esa compatibilidad social cara a cara, quedamos agazapados en nuestro cubículo sin tener nada que contar, sin revelar todo lo irreal.

Porque ya no hay filtros. Porque nada se lee, todo se siente.

Lo que mueve el mundo en esta era digital es la producción material. Cuanta más producción generes mayor valor obtienes pero, ¿Dónde queda la satisfacción de nuestro interior?

Esta contrapartida está dotada de la nutrición de nuestro ser, la posibilidad de centrarnos en lo que nos hace grandes y crecer alimentando nuestra alma. Permitirnos ese gozo que viene dado por lo abstracto, lo inmaterial pero que deja una huella incandescente en nuestro interior que nos permite aprender a ser lo que necesitamos ser, lo que queremos ser.

Desconectarnos de lo material para poder entrar en contacto con lo natural.

En La orilla celeste del agua, Jordi Soler nos reafirma las pautas para cultivar, para moldear nuestro ser mediante todo aquello que nos produce un beneficio espiritual, propone la desconexión de todo lo que nos aleje de nosotros mismos; crear un mapa de senderos que nos muestren el camino para realizar nuestra mejor versión.

Maravilloso ensayo que pone de manifiesto las diferentes artes y la necesidad del silencio para complacer nuestra alma.

Conocernos y reconocernos en lo que queremos y no en la imposición infructífera de lo material.

Para. Escucha. Siente.

El ruido de las cosas al caer.

Foto: Gaelia Smith.

Frágiles.

Nos rompemos en mil pedazos sin apenas tocar el suelo. Se cuartea nuestra piel dejando ver los surcos que cincelan nuestra alma. Nuestra vida.

Continuo miedo a infravalorar las consecuencias que acarrean esa rotura que nos desgasta por dentro hasta cansarnos, hasta deja visible las heridas en nuestro cuerpo.

Sin inmunidad.

Ni si quiera somos inmunes a esas pequeñas cosas que se aferran a nuestro interior, doblegando, así, la mínima posibilidad de consciencia. Porque seguimos siendo frágiles.

Y vivimos con miedo a perder. Y vivimos con miedo a perdernos.

Nos lastra lo material. El dinero trastoca cualquier escala de valor y nos degrada hasta empequeñecernos, siendo capaces de dejar a un lado lo que es verdaderamente importante: la vida. Pero basamos nuestra vida, tan etérea, en la materia a la que hemos sumido al Universo.

Pero cambiamos la percepción cuando nos perdemos nosotros mismos. Todo es diferente. Porque la fragilidad nos deja sin escudos, a la intemperie, rebajados al mínimo exponente.

Porque todo lo importante no se compra, porque todo lo importante no se vende.

Cuando nos perdemos en el miedo a ser, en el miedo a sentir, nos alejamos de nuestro cometido: vivir.

Vivimos para nutrir de experiencias nuestra alma. Seguimos buscando algo que nos ayude a crecer interiormente, amamos la tranquilidad, abogamos por la satisfacción de seguir viviendo. Porque todo lo demás, cuando nos perdemos, ya no tiene la mínima importancia.

En El ruido de las cosas al caer, Juan Gabriel Vásquez, nos hace partícipes de la pérdida metafórica de una persona y su necesidad de buscar. Buscar el regreso, su camino y salir de la truculenta existencia del miedo.

Miedo es la palabra que más se advierte entre sus páginas. Miedo al cambio, miedo a encontrar lo que no se quiere, miedo de seguir perdiendo.

Increíble narración que nos da una visión muy personal de Colombia, una perspectiva muy humana e insegura de la que se nutre para dejar a la vista ese sentimiento que impera en la novela: el miedo a lo conocido.

Crónicas marcianas.

Foto: Gaelia Smith.

Soledad.

La deshumanización de lo cotidianamente humano, la personificación de lo salvaje, la barbarie contra lo que llamamos civilización. Lo que involuciona y queda a merced de la nada, de lo que no existe.

Corrupción.

La corrupción del hombre como tal, el desperdicio de la vida tan nutrida que podríamos haber tenido y que, como siempre, la hemos echado a perder por el miedo a lo desconocido, el pavor que nos supone lo extraño, lo ajeno a nosotros. A nuestra semejanza.

Terror.

Terror a reaccionar, a encontrarnos con lo que realmente somos, a reconocernos en las manos de la maldad. Incapacidad de vivir sin pisotear lo sembrado. Sin destruir todo a nuestro paso. Locura.

La soledad que nos rodea, formada por personas tan solas como nosotros , que sólo alimenta su egocentrismo para excusarse de los hechos que vienen pisándonos los talones. La culpa desmedida. Pero no basta, porque nadie sabe la reacción que surge ante otra soledad distinta. Porque todas las soledades no son iguales.

No.

Y tememos a una nueva realidad que no sea la que distinguen nuestros ojos. Porque esa realidad puede eclipsarnos hasta el punto de pasar desapercibidos por nuestra propia vida. Y, entonces, ¿de qué sirve vivir si ni si quiera somos parte de nuestra propia vida?

¡Tenemos tanto que aprender de las Crónicas Marcianas de Ray Bradbury! Aprender y saber que todos miramos a través del mismo cristal. Que todas las visiones que tengamos de algo son tan válidas como la que nos muestra nuestro propio ego.

Que el temor que más nos gobierna se concentra en nosotros mismos y nuestras reacciones.

Tolerancia. Vocablo que ni si quiera sabemos su significado completo. Porque no interesa, según para qué cosas. Debemos aprender a mirar desde otro ángulo para, así, poder acercarnos más al ser humano que nos habita y corresponder a nuestra otra parte.

Ray Bradbury con Crónicas Marcianas nos propone una distopía desencarnada que mira desde un prisma humillante dejando en evidencia las profundas carencias que, en su mayoría, padece la humanidad.

Increíble narración realizada en cortos relatos que cuentan con el mismo hilo conductor: la deshumanización, que nos deja ese regusto amargo del que debemos ser consciente para, así, escapar lo antes posible y no formar parte del círculo concéntrico de la vanidad humana. Ya lo decía Borges en su prólogo a la edición, plasmando en sus líneas la sensación de terror y soledad que le había provocado la lectura de estos episodios narrados por el gran Bradbury.

Lectura imprescindible. Llamada a la acción.

Ven. Sube. Sumérgete y cambia tu realidad.