Hay un libro destinado a cada uno de nosotros. Uno que nos haga crecer. Desde mi blog te ayudaré a encontrar el tuyo mediante las críticas y reseñas de los libros que forman parte de mi biblioteca particular, de una forma clara y asequible. Sígueme.
Hace unos días, por mediación de un buen amigo, vi un video que hace un resumen de todo lo que nos rodea hoy en día: una adolescente convertida en producto, vendiéndose a sí misma como mercancía para un público que consume personas. Y entonces la pregunta que me asaltó fue: ¿para qué nos están programando?; ¿En qué nos estamos convirtiendo?.
Lucha.
Recuerdo cuando en la Universidad luchábamos por quienes venían detrás, ¿recuerdas?. Cuando defendíamos, desde nuestra delegación y en las calles, el conocimiento, la educación pública, el derecho a aprender sin convertirlo en un lujo. Pero no, no peleábamos por nosotros: peleábamos por nuestros hermanos pequeños, por nuestros hijos, por los que aún no habían llegado. Por ti.
Por ti.
Pero, ¿y ahora? ¿Quién lucha por quién?
Hemos caído en este individualismo colectivo selectivo: «si yo estoy bien, lo demás puede esperar«. La empatía se ha vuelto superficial, un «menos mal que no fui yo«, disfrazado de sentimiento vacío.
¿Dónde quedaron nuestras causas sociales? ¿Dónde quedaron las rebeliones, las huelgas, las Universidades en carne viva, encierros, cafés, libros, manifiestos…; donde quedaron los ideales?
Lavado de cerebro. Nos ha podido el miedo. Nos ha podido el miedo.
Separación.
Tenemos demasiados problemas personales atemporales y poca dedicación colectiva. Nos han hecho creer que la realidad es demasiado grande para poder cambiarla, para poder acercarnos a ella. Pero ya sabemos que la revolución no nace de la comodidad, de la cordialidad, de la conformidad. ¿No? Así me gusta.
Vivimos atrapados en nuestra dictadura del instante, del Ya. No hay tiempo para pintar los muros, para hacer panfletos, camisetas, para correr la voz. Para despertar conciencias: porque todo ello requiere un camino, cocerlo a fuego lento y recoger los frutos. No. No hay tiempo en la sociedad del Ya. Porque nos han robado el tiempo que dedicábamos a pensar, a leer con amigos, a confrontar ideas (por miedo a enfados, confrontaciones, ya no sabemos ni confrontar al otro) En la sociedad del Ya no ha tiempo para imaginar otro futuro que el que vemos.
Y hoy, hoy sólo quedamosyo y un mundo que nos exige más de lo que cualquier persona puede dar. Un mundo que nos enferma de ansiedad, de depresiones, de estrés. Un mundo que nos dice que nada es suficiente sino mostramos los viajes que hacemos, las compras que realizamos, la piel deseable, el sexo con sentido (¿o era consentido?), la comodidad impostada. La mentira anestesiada de la realidad. ¿Vale la pena? Disculpa pero no. No.
Más, más, más. Más vacaciones, más ropa, más coches, más dinero. Más, hasta vaciarnos. Esta es la empatía del siglo XXI, distorsión constante por comparación. Permíteme que me ría.
[…] la seducción reemplaza a la Revolución. La fuerza se diluye, Las grandes genialidades históricas pierden brillo porque ya nada parece importante […]. No es nihilismo: es desgasteemocional por jaque mate. Los principios se erosionan y lo esencial queda relegado por lo que simplemente llama la atención.
[…] el sistema educativo está desacralizado. […] La enseñanza se ha vuelto una formación neutralizada por la baja exigencia. Los jóvenes vegetan sin motivaciones ni intereses profundos […]
Necesitamos reintroducir lo social. Hay mucho que perder y poco que ganar. Esta Era del vacío nos gana la partida, ¿no es así, Lipovetsky?
Recuperemos lo común. Recuperemos la lucha y, por supuesto, recuperemos el nosotros, el de verdad.
«¿Por qué era un sexo tan próspero y el otro tan pobre? ¿Qué efecto tiene la pobreza sobre la novela? […] ¿Por qué son pobres las mujeres?» Virginia, como bien expones en tu ensayo, es una condición político cultural y, como ya sabes, cuando un tema se vuelve político el actor principal es el miedo, miedo a lo desconocido. Miedo.
Miedo.
Ignorancia.
Ignorancia hacia el concepto de mujer. La mujer. ¡Ay, mujeres!
Miedo «porque si ellas se ponen a decir la verdad, la imagen del espejo se encoge«, tú misma lo dices, Virginia.
Tú misma lo dices.
Hombre: concepto soberano que impera en esta sociedad patriarcal que nos gobierna pero, ¿ellos lo han elegido? Mujer: supeditada a las carencias que pretende la sociedad causar en el hombre. ¿Lo hemos elegido así?
No. ¡No!
Imposición imperante en nuestra cultura. «Todo este competir de un sexo con otro; todas estas reivindicaciones de superioridad e imputaciones de inferioridad corresponden a la etapa de las escuelas privadas de la existencia humana, en que hay bandos y un bando debe vencer al otro«. Así ha sido siempre con cualquier opuesto complementario, todo se basa en una lucha y no en una complementación.
¿Qué significa complementación para la política? Miedo. Usurpación. Destrucción.
O tú o yo.
De eso se trata, ya no nuestra sociedad patriarcal, eso ha quedado casi en desuso, se trata de una sociedad superviviente, sobreviviente.Sálvese quien pueda, ¿no?
Hombre, concepto superior soberano gracias a la divinidad del destino. Suerte, ¿y si no es así? Mujer: concepto de ser humano servil, doliente y débil según su contrapunto meridiano. Permíteme que lo exprese de otra forma: mujer, concepto de miedo escénico del hombre socialus-politicus común y corriente.
Porque los chicos no lloran: boys don’t cry, ¿no?
¡Ay, revolución!. Qué falta nos hace aquí una Dolores Ibárruri, nos hace falta pasión para hacer esa revolución que venimos intentando hacer desde hace tiempo pero que se queda en mínimo esfuerzo. Revoluciones de puertas para adentro, de estufas y de ande yo caliente…
Revolución entendida como tal y no como lo hacemos hoy en día maltratando a la lengua española que nos ha dado solo diversidad léxico-semántica, ¿Qué culpa tiene la lengua de que nuestra política sea tan pacata?
¡Qué la revolución no se basa en poner como término morfológico de género inclusivo una -e en vez de nuestra -o, nuestra -a! Que hay lenguas que no tienen masculino y femenino marcado y siguen teniendo el mismo sistema político social que conocemos, que no se trata de maquillar las luchas, que el concepto de gilipollas (léxico inclusivo español) engloba a masculino y femenino; que cojones tenemos todos, mujeres y hombres, que no.
Que no es así.
¡Qué no nos enteramos! Que alterando una forma gramatical no revolucionamos el sistema político-corrupto-social, que no.
¡Qué no! (como gritaría el Niño de Elche)
Que para cambiar la mentalidad de las personas (sustantivo inclusivo también, ¡ay que ver cuántos nos encontramos en nuestra querida lengua española!) habría que hacer mucho más que estas insulsas pataletas de niños de teta. Habría que creer firmemente en el valor que nos otorga el feminismo a ambos sexos, a ser una conjunción complementaria, un valor en la lucha. Un fin común. Un nosotros.
La revolución se hace en las calles, no en las sobremesas.
«Oh, pero no podéis comprar hasta la literatura. La literatura está abierta a todos. No te permitiré, por más bedel que seas, que me apartes de la hierba. Cierra con llave tus bibliotecas, si quieres, pero no hay barrera, cerradura, ni cerrojo que puedas imponer a la libertad de mi mente«
Resulta paradójico escribir una reseña de un libro que se publicó en 1974 y que hoy, en la actualidad, tengamos que referirnos a él como contemporáneo, como algo común que sigue existiendo y existirá mientras perdure esta inconsciencia colectiva a la que estamos abocados a vivir.
Sobrevivir.
Sobrevivir es una palabra con múltiples significados con referencia a una misma realidad: Sobrevivir después de la muerte de alguien (cercano en su mayoría o no); sobrevivir después de un determinado suceso adverso; sobrevivir es vivir con escasos medios; sobrevivir en condiciones adversas. Sobrevivir es seguir viviendo a pesar de las condiciones reales.
¿Pero cuáles son esas condiciones que permitimos que sucedan en este mundo? Guerras, violencia, destrucciones de pueblos enteros, mutilaciones de familias, marcas psicológicas. Muerte.
Pero tienen nuestro permiso, o eso es lo que parece. Eso es lo que parece.
¿Qué debe suceder en el mundo para que permitamos a locos descerebrados jugar al risk en pleno siglo XXI? ¿Quieren jugar? ¡Qué jueguen entre ellos!. Qué jueguen entre ellos.
Pero no. Algo no va bien.
Algo no estamos haciendo bien.
Somos demasiados para permitir que un juego violento y cruel se apodere de nuestras vidas, de nuestros derechos como ciudadanos. De nuestra permisividad. De nuestra humanidad.
¡Ay, me hace gracia! Me hace gracia la denominación que hemos acuñado de nuestro país como muchos otros de un Estado de Derecho. Y cito literalmente la definición de este Estado de Derecho: «en un Estado de Derecho, todos los poderes públicos actúan siempre dentro de los límites fijados por la ley, de conformidad con los valores de la democracia y los derechos fundamentales, y bajo el control de órganos jurisdiccionales independientes e imparciales«. – permítaseme unas risas irónicas en cada una de las descripciones de este nuestro Estado y lo paso a argumentar:
Límites fijados por la ley. Valores de la democracia. Derechos fundamentales (esto es lo que me causa más risa irónica). Controlados por órganos jurisdiccionales independientes e imparciales (¡pero si el propio festival de Eurovisión esta politizado hasta la saciedad!) ¡Ay, Estado de Derecho, quién lo tuviera!
Cuando se habla del límite de la ley debiera referirse a la posibilidad de vivir en un estado de paz, respetando la libertad de la otra persona sin poner en riesgo la propia. Es decir, poner en conceso cualquier propuesta democráticamente llevada a las urnas y ser, en base a ello, lo más justos posible con el voto democrático (vuelvo a utilizar la misma palabra porque así dice el refrán: dime de lo que presumes y te diré de lo que careces(vuelvo a reír irónicamente) para que ambas libertades coexistan en armonía, en paz, en democracia absoluta. En humanidad.
No, no es un pensamiento hippie, ni sobrevalorado. Es lo que queremos todos los seres humanos cuando nos preguntan en las urnas. Cuando te votamos a ti, a ti o a ti. Sé consciente y consecuente. Responsabilidad.
Utopía.
¿Los valores de la democracia de este Estado de derecho me representa en esta sociedad? Pero, ¿sirve de algo vivir en democracia en nuestra época si ni si quiera se cumple en las bases más básicas de nuestra sociedad? ¿Sirvió de algo en tiempos pasados?
Mentiras.
En una guerra, ¡ay las guerras!, ¡Ay Carmela!, se hace de todo menos preservar los derechos fundamentales de los individuos de una nación. El principio más inviolable es el que no cuesta nada violar: el derecho a la vida, porque este derecho ya no existe como tal porque una vida cuesta muy poco. Cuesta unos cuantos likes en Facebook o Instagram, cuesta lo que una novia, lo que un novio, cuesta lo que el dinero, lo que el petróleo. Cuesta nada en comparación al milagro en sí de la misma. Nada.
Pero añadimos más argumentos ante esta desfachatez: «en los artículos 15 al 29 y el 30.2, incluyen la protección de la vida, la integridad física y moral, la libertad ideológica, religiosa y de culto, así como la libertad y seguridad personal. También se garantiza el derecho al honor, la intimidad personal y familiar, y la propia imagen, además de la libertad de residencia y circulación.» No lo digo yo, lo dice la Constitución Española, esa tan olvidada acta de los españoles. ¡Qué tiempos aquellos!
Me he criado en una ciudad donde se firmó la Constitución de 1812, La Pepa, y es una ironía que los firmantes pasen por encima de ella como papel mojado, en todo, por todo, ante todo. Porque nada de ella se asemeja a nuestra realidad. Pero la estudiamos, la estudiamos para ser buenos papagayos españoles en las oposiciones a un trabajo del estado, ¡claro, que cabeza la mía, la constitución es ley! ¡Ay, Carmela!
Pero volvemos al tema: supervivencia.
Sobrevivir, aparte de a las innumerables guerras que están ocurriendo hoy día, sobrevivir a la cobardía del ser humano, a la miseria del Estado de Derecho en el que piensan que vivimos, (¡mundos de Yupy, Mi pequeño Pony, quién no recuerda esos mundos imaginarios!); sobrevivir a la perdición del dinero por el dinero, sobrevivir ante injusticias a pie de calle, a llevar la razón, a ser más que tú, a ser mejor. A ser el señor de la guerra. ¡Que vergüenza!
Por nada. Para nada.
Doris Lessing, premio nobel de la literatura europea, nacida en Irán en 1919 (qué ironía); Doris Lessing, en Memorias de una superviviente explora la desintegración social y la lucha por la supervivencia dentro de un mundo hostil y decadente visto desde los ojos de una niña de 17 años, nutriéndose de la violencia, la necesidad de ser el más fuerte, entre la barbarie y el caos; en una ciudad donde el abandono y la podredumbre son el medio de vida, donde las relaciones son mero instrumento para sobrevivir.
«En una ciudad caótica donde las ratas y las bandas de jóvenes errantes siembran el pánico, donde el gobierno se ha colapsado e impera la violencia irracional, una mujer -de mediana edad y clase media- queda al cargo de una niña de doce años a quien debe criar.»
¡Qué necesidad tenemos de criar hijos dentro de un sistema perdido!, ¡qué necesidad hay de amoldar la niñez a la violencia, a subsistir de la peor manera posible, de permitir que el robo y la violencia sean la Constitución del momento!. ¡Qué necesidad hay!
Sin duda, esta obra de la literatura es un alegato a la no violencia, a la gestión del pensamiento crítico y social, a erradicación de miedos impuestos en un Estado de Derecho. A la conservación de la paz. A la conservación de la humanidad.
Nunca habrá un argumento a favor de la guerra. La guerra es un sinsentido politico-económico en el que el miedo es el canal por donde se infunde el mensaje a la sociedad.
No.
«Sin duda, siempre que se nos aproxima alguien, somos cautela, medimos a la persona en cuestión, miles de mediciones y valoraciones se suceden con increíble rapidez, situandole en el lugar que le corresponde para por fin llegar al callado veredicto.» (Memorias de una superviviente)
La guerra es el camino más fácil, la explosión iridiscente que ciega a la inteligencia social, a la cultura, la consciencia y la moralidad de la humanidad.
No. Mi intención no era hacer un manifiesto, pero es lo único que tenemos en nuestras manos para poder ejercer nuestra voluntad, para alzar nuestra voz. ¡Ya basta!.
De un tiempo a esta parte no sé dónde hallarme ni cómo. Es probable que sea una tormenta temporal (tiempo) o no. ¿Es posible que ya no vuelva a encontrarla? ¡Ay, esencia! Cuestiones de necia importancia.
Me encontraba en blanco y negro cuando siempre he sido la mujer de los colores vivos en el alma y en los ojos y ahora estos ojos verdes se han quedado grises, meditabundos y sin brillo.
Todo es cuestión de elecciones. Elegimos cada camino que nos abre unas u otras sendas con resultados muy distintos al que creímos. El tan malvado y temido «y si…»
Añoro ese «cuando sea mayor voy a …», «cuando sea mayor seré…»
Ya soy mayor (Kundera, tú y yo en breve tendremos una cita) y todas esas expectativas se han reconvertido en algo totalmente distinto a lo planeado. Ya lo dice mi madre: «como que no se pueden hacer planes».
Puede que sea el tiempo que pone a cada uno en su lugar (tópico) o puede que a lo mejor sea yo el fraude y no sepa apreciar esas cosas buenas que da la vida.
No. No tiene caso. No es el caso.
No se trata de esto. No se trata de personas, no se trata de situaciones, de formas materiales, no. Ese algo que brillaba ya no lo hace y aún no encuentro la razón de porqué no lo hace. Soluciones habrá en demasía pero no me hacen referencia porque casi siempre se habla de la parte del ego. No.
Soy feliz. Tengo todo lo que quiero, tengo todo lo que merezco. Tengo tanto que siempre, por donde voy, sonrío (a veces también me pongo brava, pero nadie lo sabe, ¿verdad Lara?) No es nada que esté en mi órbita. Porque todo está donde debe de estar.
Se trata de ese brillo, esa esencia, esa necesidad de encontrase una misma sin juicios político-sociales (no, no soy antisocial, pero tampoco lo contrario), se trata de la necesidad de ser y no de estar, se trata del compromiso que tienes contigo misma y la valentía de parar, quedarte a un lado, respirar, observar y seguir.
Respirar, observar y seguir.
Siempre he sido libre por naturaleza en el alma, siempre he defendido los valores intrínsecos del ser humano y no las referencias materiales y monetarias que alguien pueda conseguir (¿de qué sirve el dinero si no sabes quién eres?)
Soy libre para ser, para sentir (ahora entiendo todas esas frases que hablabais Yeyo y tú, mamá, en el salón de casa) para adentrarse dentro del alma. Que siga el mundo su andar frenético, las personas que saben buscar encuentran lo que necesitan. Siempre. Quien busca, encuentra.
Mi esencia sigue conmigo, claro que sí. Pero necesito que brille con esa intensidad insultante con que lo hacía antes y sentir de nuevo esa libertad en el alma para derribar cualquier imposición aprendida de forma artificial.
Ahora que escribo sé que debo despojarme de todas esas necesidades impuestas y vivir un poco más pegada a mí, a mi ser y a mi órbita. Se trata de tiempo para ser, tiempo para crear y para crecer. Simple aunque complejo.
¡Ay, Laurita, qué necesario fue el libro de Sylvia Plath! Siempre tienes ese as en la manga, siempre me lees entre líneas y, sin darte cuenta, sabes qué necesito y cuándo. Es importante tener a alguien como tú muy cerquita del alma.
Cuando leí La Campana de cristal de Sylvia Plath me replanteé muchas de las verdades que tenía ante mí y que, por desconocimiento, creía erróneas. Siempre se aprende algo nuevo con un buen libro. Pero este conocimiento se me fue dando paulatinamente, cuando asimilas los pasajes, las vivencias y entiendes bien qué debe significar una campana de cristal en una vida, qué es lo que puede hacer una campana de cristal con la esencia de una persona.
La campana cae cuando menos te lo esperas y después es difícil levantarla sin ayuda.
Levanta tu campana, somos muchas almas en conexión continua. Siempre alguien viene cuando debe hacerlo. Energía para romper cualquier cristal que se interponga entre tú y tu esencia.
El miedo que se instala en nuestro comportamiento para alterarlo y, así, ver lo diferente de una forma obtusa, deforme. Amenazante.
El miedo genera desconcierto, amenaza, situaciones inesperada, individualismo y odio a lo que no conocemos. Desolación.
Nos enseñan a odiar lo diferente. Desechamos a las personas diferentes. Dejamos a un lado lo real para infundirnos en una sociedad recreada de monstruos y amenaza constante hacia nosotros mismos.
Si eres diferente pierdes. Pierdes porque el grupo te abandona por miedo a que se les señale como encubridores. Alguien a quien la violencia persigue y señala con sus puños de hierro se convierte en miedo. Porque si estás al lado de alguien diferente, tú también serás violentado.
Una sociedad miedosa genera diferencias. Diferencias cada vez más grotescas y absurdas. Cuantas más diferencia se genere entre sus habitantes, más desconfianza habrá. El miedo será primordial.
El odio impera ante lo desconocido. Amenaza tus bienes, te deja desamparado. Porque el miedo te quita más y más.
Porque hay diferencias y esas diferencias se estigmatizan. Generan desorientación, incoherencia y, por lo tanto, intolerancia. El bien sabido: yo no creo en esto pero…
Sociedad individualizada.
Uno mira por si mismo y lo que le suceda al vecino no incumbe: yo estoy bien, ande yo caliente… Virgencita que me quede como estoy.
Esto es lo que genera la sociedad del odio, del miedo y de la separación.
Porque si estamos separados quedaremos solos, sin posibilidad de unión ante cualquier situación de vital importancia: nadie alzará la voz, porque se necesitan varias voces para ser escuchados y nadie quiere señalarse hoy en día.
Pero, ¿Cómo podemos actuar ante ciertos tipos de violencia? ¿Cómo podemos actuar ante una persona violenta, ante una ley que no protege, ante una sociedad sordomuda?
Isaac Rosa en El país del miedo propone una sociedad desequilibrada. Desequilibrada por miedo a todo y a todos, por cómo cada individuo adquiere su rol en estos entresijos de la violencia y como se ejecuta el teatro de lo absurdo y lo antinatural.
Obtenemos, en este libro, una visión general de las diferentes violencias que asolan nuestro mundo y la propensión de ciertos individuos a declararse violentos, señores de la guerra sucia del pueblo, la violencia pactada y desconsiderada.
Ciertos tipos de miedos son infundados por el aparato del estado que nos necesita separados para que la voz no se oiga, para que el pensamiento esté reprimido. Para evitar la represalia hacia lo inevitable. Nos entretienen entre nosotros para desviar nuestra atención de lo que sigue siendo importante y seguirá sucediendo en un país del miedo a todo por el todo.
La violencia sólo puede traer violencia. No hay diálogo en una situación donde imperan los golpes. No hay sentido común. Solo impera la ley del más fuerte. Del que golpea más. ¿Es justo para nosotros?
El verdadero enemigo no está entre nosotros, sino contra nosotros. ¿Podremos generar conciencia de grupo y conseguir derrotar al miedo? ¿Cómo sería vivir en un mundo sin la amenaza constante?
Cuando leemos lo hacemos por diversos motivos: divertimento, aprendizaje, distracción, etc. Leer nos transporta a nuestra realidad paralela, la que nos hace recrear un mundo imaginario, compartido en esencia entre el autor y el lector. Y todo está dentro de la escenade ficción.
Ficción con toques de realidad. Ese podría ser queda en suspensión al pasar las páginas de nuestro libro.
Pero hay veces que esta ley cambia. Queda la realidad. Quedan los hechos reales. La verdad. El retrato del suceso, la descripción de una biografía.
Y te paras en la lectura, buscas en internet y encuentras fotos, hechos y sucesos que retratan las líneas de tu libro. Y no queda ni un ápice de imaginación al respecto porque todo es real. Se trata de la cruda realidad en sí misma. Y tu reacción cambia al volver a recorrer los párrafos del libro.
A sangre fría.
Truman Capote. Con esta novela sentó las bases de lo que hoy conocemos como true crimes.
Para mi era, hasta hoy, una historia desconocida. Miraba el libro en la estantería, primero de mis padres y ahora en la mía, en mi cuarto, en mi rincón.
Caso real con referencias a cartas, declaraciones, informes policiales; y el libro va tomando esa forma de realidad. Y sabes que sucedió así, tal cual se cuenta. Y todas las personas que en él aparecen. Demasiado reales. En una ocasión, a mitad del libro, no pude leer más, por miedo, terror a que fuera verdad. Y lo es.
Lo fue. Porque la familia Clutter existió en Kansas, en Garden City y sabes como era Nancy, como era Bonnie, Kanyon, Herb. Y solo entiendes que fue una locura maquinada por las mentes más perversas trasladadas a lo cotidiano. A lo mundano.
Difícil de aceptar que no sea solo ficción.
Difícil definir qué he sentido finalmente con este libro.
¿Lo recomendaría? Depende de la solemnidad que se le dé a la propia historia.
¿A qué llamamos ser una persona decente o, mejor dicho, en qué basamos la definición de ser una persona decente?
Hablaríamos de honradez, hablaríamos de rectitud. Pero, ¿en qué sentido? ¿Compromiso? ¿Coherencia? Decencia.
Según su definición, decencia hace referencia a la compostura correspondiente a cada persona. Comportamiento sólido dado por un contexto definido en la realidad de cada persona. No se puede medir la decencia a menos que sea comparándola directamente con las situaciones ocurridas. Experiencias.
Pues bien, teniendo en cuenta el significado podríamos hablar en mayor medida de coherencia. Porque la situación es la que define por completo los límites de la honradez de cada persona. Coherencia entre el significado y el significante, entre la acción y sus complementos. Entre la situación y su actuación.
La acción y su correlativa honradez. ¿Qué fin justifica el medio? ¿Cómo confirmar las consecuencias desde un significado incompleto? El contexto.
En Personas decentes,Leonardo Padura nos muestra la trayectoria de aquellas personas que retrata como decentes, en su mayoría arquetipos de diferentes clases sociales y coherentes con su rutina diaria, actuando en consecuencia, complementando sus acciones con la honradez que le permite cada situación. La vida les dispone una permanencia en sintonía con la posibilidad de vibrar bajo un mismo encuadre pero con diferentes prismas.
Las decisiones conforman nuestra existencia. Consecuencias, ecos de las confrontaciones que albergan nuestro camino.
Decidir qué hacer, saber qué decir en el momento adecuado, ese momento que se roba un minuto, esa mirada, la necesidad de contacto que confirma que el poder del destino lo hallamos en la contraposición: sí o no, bien o mal, aquí o allá.
Responsabilidad. Miedo a la confrontación. Expectativas que quedan varadas a la espalda de cada pérdida, de cada ganancia.
Las decisiones traen consigo una consecuencia, una parte indeleble de la razón de ser de la persona y, en el peor de los casos, sólo queda hablar en pretérito de subjuntivo para calmar, para clamar al resultado fallido, la paciencia quebrada, esa parte disimulada.
Porque todo queda expuesto. Porque tú quedas expuesta a la sociedad. Y da miedo, da miedo cuando perdemos la batalla.
Encrucijadas. De eso trata la vida.
En La comunidad de Helen Flood, situada en Kastanjesvingen, nada es lo que parece porque cada paso descubre las intenciones más ocultas de los habitantes y queda en suspense lo que sucederá. Y para Rikke y Asmund sólo una decisión tomada hizo falta para quedar a merced de esas opiniones bárbaras de los demás.
Lectura rápida, inteligente, capaz de dejar en vilo hasta el siguiente capítulo. Yo lo hice, lo leí, ¿te atreves?. «Tus secretos ya no están a salvo, entra en la comunidad«.
La familia. El calor. ¿Hay un libro de instrucciones para ello?
Recuerdo que mi madre siempre me decía: la familia es la familia. Enfatizaba en el peso de la pertenencia, en evitar por todo medio la soledad como individuos. En la facilidad de la incondicionalidad.
Definir familia es fácil, no hay más que confirmar los significados de la RAE o de cualquier buscador en Internet y comprobar un resultado común: grupo de personas que conviven juntas y que están unidas por lazos de parentescos o legales. Con este lenguaje despersonalizado, si miramos a nuestro alrededor, vislumbramos una parte de esa familia que se nos muestra en las definiciones. Pero, realmente, ¿Cuál es el significado subjetivo de la palabra familia?
Partimos de la base de que la familia es el clan del que dependemos, nuestras señas de identidad, la que nos permite constatar que pertenecemos a un sitio en concreto, la que te da el origen y las creencias básicas para comenzar el camino. Las primeras leyes de vida te la inculca la familia.
La familia es ADN, es lo que te hace parecido a tu hermana, prima, madre, sobrina…, lo que nos distingue entre toda una multitud. El consabido parecido físico entre unos hermanos, entre padre e hijo, entre sobrino y tío. Pero, ¿este parecido físico, este ADN, es suficiente para aceptar a la familia? Hablo de aceptación, sí, porque hay veces que la familia con parentescos de consanguineidad no se conoce, no se trata, no hay lazo espiritual. No hay otros lazos que no sean los de haber nacido en el mismo clan. ¿Es suficiente esta consanguineidad?
La familia también es política, como en la definición de la RAE, es decir, las personas que eligen los miembros del clan para compartir su vida. Adquiere ese matiz de familia política. ¿Puede la familia política ser más familia que la del clan? ¿Puede darse esa situación? A veces sí, a veces llegas a un entendimiento pleno con esa persona que no alcanzas con las de tu clan. Otras veces no y sucede todo lo contrario. ¿Por qué sucede esto?
La familia, a mi entender, es la base de la experiencia que crece paulatinamente a medida que nos vamos conociendo a nosotros mismos. Es la constancia, la nota discordante, a veces, la veracidad, la opacidad, la costumbre, la intransigencia. La solidaridad, la confianza. Ser. Somos nosotros mismos los que confirmamos esa pertenencia o la negamos. Los que tenemos la decisión, primera y final.
A veces contamos con secretos para no dañar. La prudencia que se vale de la mentira para validar su presencia. Obviamos el daño racional porque descompensa la balanza, esa mentira piadosa evitará la exposición al peligro de extinción de la familia. Esa ola de calor que nos deja hastiados hasta que desaparece y podemos pensar con claridad. Esas instrucciones para una exposición al peligro de la pérdida.
Porque hay verdades incómodas, porque hay verdades irrefutables. Porque de ellas depende el equilibrio.
Cuando leemos Instrucciones para una ola de calor comenzamos con una historia familiar no más importante que otra, una huella que deja el apellido Riordan y que, a medida que avanzan las páginas, percibimos lo que no se dijo, las consecuencias de unos actos inconscientes, las decisiones no tomadas a tiempo, la apariencia fingida y la necesidad de la permanencia como tal. Maggie O’Farrell nos propone una ruta a través de los Riordan para desentrañar la definición completa de la palabra familia, con descripciones brillantes, con pasajes vivos y ligeros, una tragicomedia que nos llega a todos de lleno porque, ¿quién no pertenece a una familia, sea como sea?
Los tres pilares fundamentales en los que se sustenta una relación son, a mi entender: el amor, la confianza y la independencia.
Cada persona es única, no una mezcla confusa de ambos.
Si esta independencia se pierde entra en juego la codicia humana, el afán del ser humano por controlarlo todo, que incluye a la otra persona y, esto hace que se difumine la línea en la que se deja de ser uno para vivir desde el lado de la otra parte, para convertirse en un trasunto del otro.
La sensación de dominación queda relegada al libre albedrío. Ya no hay reglas. Gana el que más aguante. Y lo que antes era, queda relegado a ser una sombra , un recuerdo de lo que fue para respaldar las decisiones sin bases, para pensar en común sin creer, perdiendo la individualidad que lo definía.
Una pareja no te resta. Nunca.
Una pareja suma. Suma todo lo que se necesita para complementar, no para dominar.
Una pareja beneficia a la otra parte para seguir siendo uno y, aún así, estar acompañado, en todos los sentidos. Todo lo demás se torna tóxico. Gris.
En La mujer que tenía los pies feos de JordiSoler, se nos describe, de una manera tragicómica, la pérdida paulatina de la personalidad para adherirse a la de una pareja elegida con esmero; con anécdotas variopintas y acciones maquiavélicas nos va infundiendo esa inseguridad de no saber quién eres, quién quieres ser o cómo quieres ser dentro de esa comunión afectiva.