
Mientras escucho música, mientras danzo con los ojos cerrados abrazada a un libro, intento dar forma reseñable a El maestro y Margarita, novela que me ha fascinado desde su título hasta el final, ¡Ay, qué unión de palabras! ¡Qué ingenio desbordado!
Sería candidato indiscutible de pertenecer a mi mundo itinerante, viajante nómada en mi bolso, ese por si a caso, ese necesito de ti esas palabras.
514 páginas convertidas en saber recargadas en el asa que resposa en mi hombro derecho (con la parte que escribo con bolígrafo y que me cuesta identificar), ¡qué peso de experiencia más hermoso oscilaría en mi caminar!
¡Ahí vamos!
Y sigo dándole vueltas, vueltas al enfoque que me permita demostrar las maravillas escondidas en cada frase, en cada párrafo, en cada sentido semántico a su vuelta de tuerca que me lleva a la magia que nadie sabe que existe, a la prioridad de los engranajes del lenguaje que se manifiestan en increíbles declaraciones:
» […] Sí, ¡algo va a pasar! Sintió otra vez
el golpe de su corazonada y comprendió que se
trataba de una onda sonora […]»
¡Ay, Bulgákov!, qué manera de analizar ese socialismo stalinista y esa maquinaria política de los años treinta, esa sátira social feroz con pinceladas de fantasía retorcida comprendida en personajes sacados de los infiernos de Dante; porque todo queda expuesto a tu incensurada prosa política de ateo militante, esa ilusión buñuelesca: soy ateo, gracias a Dios, correveidile de las miserias humanas, esa rebeldía de ir contra el sistema aunque se torne contra ti.
Valiente.
Ahora, mientras en mi audífonos reconozco el Canon de Pachelbel, aparece en mi escena mas aguerrida mi querida Margarita. Mi querida Margarita y su libertad.
¡Ansiada libertad, Margarita!
Qué falta de miedo, qué hermosa decisión, esa tan loca de amar. Margarita, loca, ¡qué bonito sería ser como tú!, qué increíble el pacto con el diablo para encontrar el amor, pero cara a cara porque así se reconoce sin temblar, así te reconoces en sus hilos, en su fragilidad tan inquebrantable. Margarita, dile al Maestro que olvide sus miedos y que dé ese paso al frente.
Avanza, no retrocedas, Maestro. Fíate de ella y de lo que siente, fíate de ella y de lo que sientes. No hay prejuicios. No hay prejuicios. No hay.
Escribe, Maestro, escribe; deja que el diablo se quede con lo demás. Maestro, por ella, ya eres libre. Por tu saber, por tu ser, por ella.
En ese mundo donde el doble sentido queda prendido entre el bien y el mal, entre el blanco y el negro, arriba y abajo: no hay nada fijado. No hay nada fijado, corazón. Y es que actuar de forma errática para esta sociedad imbuida en mediocridad ahí llegan personas como Bulgákov y te dan su vuelta de tuerca y, ¿sabes qué?, que dinamitan todas estas cotidianidades. Ahora todo es magia.
Voland, nice to meet you, corazón; gracias por alejarme de las banalidades de las almas atrapadas en el día a día. Acércame más a las brujas que vuelan en libertad, en la libertad de la mente, del placer de ser, del placer de estar, del placer de ser como quieren.
«[…] ¡Invisible y libre, invisible y
libre! […]»
¡Ay, Bulgákov!
«[…] ¡Adelante lector!, ¿Quién te ha dicho que
no puede haber amor verdadero, fiel y eterno
en el mundo, que no existe? ¡Que le corten la
lengua repugnante a ese mentiroso! […] ¡ yo te
mostraré ese amor! […]»
Aquí estoy.











