La era del vacío.

Hace unos días, por mediación de un buen amigo, vi un video que hace un resumen de todo lo que nos rodea hoy en día: una adolescente convertida en producto, vendiéndose a sí misma como mercancía para un público que consume personas. Y entonces la pregunta que me asaltó fue: ¿para qué nos están programando?; ¿En qué nos estamos convirtiendo?.

Lucha.

Recuerdo cuando en la Universidad luchábamos por quienes venían detrás, ¿recuerdas?. Cuando defendíamos, desde nuestra delegación y en las calles, el conocimiento, la educación pública, el derecho a aprender sin convertirlo en un lujo. Pero no, no peleábamos por nosotros: peleábamos por nuestros hermanos pequeños, por nuestros hijos, por los que aún no habían llegado. Por ti.

Por ti.

Pero, ¿y ahora? ¿Quién lucha por quién?

Hemos caído en este individualismo colectivo selectivo: «si yo estoy bien, lo demás puede esperar«. La empatía se ha vuelto superficial, un «menos mal que no fui yo«, disfrazado de sentimiento vacío.

¿Dónde quedaron nuestras causas sociales? ¿Dónde quedaron las rebeliones, las huelgas, las Universidades en carne viva, encierros, cafés, libros, manifiestos…; donde quedaron los ideales?

Lavado de cerebro. Nos ha podido el miedo. Nos ha podido el miedo.

Separación.

Tenemos demasiados problemas personales atemporales y poca dedicación colectiva. Nos han hecho creer que la realidad es demasiado grande para poder cambiarla, para poder acercarnos a ella. Pero ya sabemos que la revolución no nace de la comodidad, de la cordialidad, de la conformidad. ¿No? Así me gusta.

Vivimos atrapados en nuestra dictadura del instante, del Ya. No hay tiempo para pintar los muros, para hacer panfletos, camisetas, para correr la voz. Para despertar conciencias: porque todo ello requiere un camino, cocerlo a fuego lento y recoger los frutos. No. No hay tiempo en la sociedad del Ya. Porque nos han robado el tiempo que dedicábamos a pensar, a leer con amigos, a confrontar ideas (por miedo a enfados, confrontaciones, ya no sabemos ni confrontar al otro) En la sociedad del Ya no ha tiempo para imaginar otro futuro que el que vemos.

Y hoy, hoy sólo quedamos yo y un mundo que nos exige más de lo que cualquier persona puede dar. Un mundo que nos enferma de ansiedad, de depresiones, de estrés. Un mundo que nos dice que nada es suficiente sino mostramos los viajes que hacemos, las compras que realizamos, la piel deseable, el sexo con sentido (¿o era consentido?), la comodidad impostada. La mentira anestesiada de la realidad. ¿Vale la pena? Disculpa pero no. No.

Más, más, más. Más vacaciones, más ropa, más coches, más dinero. Más, hasta vaciarnos. Esta es la empatía del siglo XXI, distorsión constante por comparación. Permíteme que me ría.

[…] la seducción reemplaza a la Revolución. La fuerza se diluye, Las grandes genialidades históricas pierden brillo porque ya nada parece importante […]. No es nihilismo: es desgaste emocional por jaque mate. Los principios se erosionan y lo esencial queda relegado por lo que simplemente llama la atención.

[…] el sistema educativo está desacralizado. […] La enseñanza se ha vuelto una formación neutralizada por la baja exigencia. Los jóvenes vegetan sin motivaciones ni intereses profundos […]

Necesitamos reintroducir lo social. Hay mucho que perder y poco que ganar. Esta Era del vacío nos gana la partida, ¿no es así, Lipovetsky?

Recuperemos lo común. Recuperemos la lucha y, por supuesto, recuperemos el nosotros, el de verdad.

¿Te atreves?

Si no vamos juntos, no vamos a ninguna parte.

Una habitación propia.

¡Ay, hombres sin mujeres! ¡Mujeres sin hombres!

«¿Por qué era un sexo tan próspero y el otro tan pobre? ¿Qué efecto tiene la pobreza sobre la novela? […] ¿Por qué son pobres las mujeres?» Virginia, como bien expones en tu ensayo, es una condición político cultural y, como ya sabes, cuando un tema se vuelve político el actor principal es el miedo, miedo a lo desconocido. Miedo.

Miedo.

Ignorancia.

Ignorancia hacia el concepto de mujer. La mujer. ¡Ay, mujeres!

Miedo «porque si ellas se ponen a decir la verdad, la imagen del espejo se encoge«, tú misma lo dices, Virginia.

Tú misma lo dices.

Hombre: concepto soberano que impera en esta sociedad patriarcal que nos gobierna pero, ¿ellos lo han elegido? Mujer: supeditada a las carencias que pretende la sociedad causar en el hombre. ¿Lo hemos elegido así?

No. ¡No!

Imposición imperante en nuestra cultura. «Todo este competir de un sexo con otro; todas estas reivindicaciones de superioridad e imputaciones de inferioridad corresponden a la etapa de las escuelas privadas de la existencia humana, en que hay bandos y un bando debe vencer al otro«. Así ha sido siempre con cualquier opuesto complementario, todo se basa en una lucha y no en una complementación.

¿Qué significa complementación para la política? Miedo. Usurpación. Destrucción.

O tú o yo.

De eso se trata, ya no nuestra sociedad patriarcal, eso ha quedado casi en desuso, se trata de una sociedad superviviente, sobreviviente. Sálvese quien pueda, ¿no?

Hombre, concepto superior soberano gracias a la divinidad del destino. Suerte, ¿y si no es así? Mujer: concepto de ser humano servil, doliente y débil según su contrapunto meridiano. Permíteme que lo exprese de otra forma: mujer, concepto de miedo escénico del hombre socialus-politicus común y corriente.

Porque los chicos no lloran: boys don’t cry, ¿no?

¡Ay, revolución!. Qué falta nos hace aquí una Dolores Ibárruri, nos hace falta pasión para hacer esa revolución que venimos intentando hacer desde hace tiempo pero que se queda en mínimo esfuerzo. Revoluciones de puertas para adentro, de estufas y de ande yo caliente…

Revolución entendida como tal y no como lo hacemos hoy en día maltratando a la lengua española que nos ha dado solo diversidad léxico-semántica, ¿Qué culpa tiene la lengua de que nuestra política sea tan pacata?


¡Qué la revolución no se basa en poner como término morfológico de género inclusivo una -e en vez de nuestra -o, nuestra -a! Que hay lenguas que no tienen masculino y femenino marcado y siguen teniendo el mismo sistema político social que conocemos, que no se trata de maquillar las luchas, que el concepto de gilipollas (léxico inclusivo español) engloba a masculino y femenino; que cojones tenemos todos, mujeres y hombres, que no.

Que no es así.

¡Qué no nos enteramos! Que alterando una forma gramatical no revolucionamos el sistema político-corrupto-social, que no.

¡Qué no! (como gritaría el Niño de Elche)

Que para cambiar la mentalidad de las personas (sustantivo inclusivo también, ¡ay que ver cuántos nos encontramos en nuestra querida lengua española!) habría que hacer mucho más que estas insulsas pataletas de niños de teta. Habría que creer firmemente en el valor que nos otorga el feminismo a ambos sexos, a ser una conjunción complementaria, un valor en la lucha. Un fin común. Un nosotros.

La revolución se hace en las calles, no en las sobremesas.

«Oh, pero no podéis comprar hasta la literatura. La literatura está abierta a todos. No te permitiré, por más bedel que seas, que me apartes de la hierba. Cierra con llave tus bibliotecas, si quieres, pero no hay barrera, cerradura, ni cerrojo que puedas imponer a la libertad de mi mente«

¿Desarmamos el sistema?

Memorias de una superviviente.

Resulta paradójico escribir una reseña de un libro que se publicó en 1974 y que hoy, en la actualidad, tengamos que referirnos a él como contemporáneo, como algo común que sigue existiendo y existirá mientras perdure esta inconsciencia colectiva a la que estamos abocados a vivir.

Sobrevivir.

Sobrevivir es una palabra con múltiples significados con referencia a una misma realidad: Sobrevivir después de la muerte de alguien (cercano en su mayoría o no); sobrevivir después de un determinado suceso adverso; sobrevivir es vivir con escasos medios; sobrevivir en condiciones adversas. Sobrevivir es seguir viviendo a pesar de las condiciones reales.

¿Pero cuáles son esas condiciones que permitimos que sucedan en este mundo? Guerras, violencia, destrucciones de pueblos enteros, mutilaciones de familias, marcas psicológicas. Muerte.

Pero tienen nuestro permiso, o eso es lo que parece. Eso es lo que parece.

¿Qué debe suceder en el mundo para que permitamos a locos descerebrados jugar al risk en pleno siglo XXI? ¿Quieren jugar? ¡Qué jueguen entre ellos!. Qué jueguen entre ellos.

Pero no. Algo no va bien.

Algo no estamos haciendo bien.

Somos demasiados para permitir que un juego violento y cruel se apodere de nuestras vidas, de nuestros derechos como ciudadanos. De nuestra permisividad. De nuestra humanidad.

¡Ay, me hace gracia! Me hace gracia la denominación que hemos acuñado de nuestro país como muchos otros de un Estado de Derecho. Y cito literalmente la definición de este Estado de Derecho: «en un Estado de Derecho, todos los poderes públicos actúan siempre dentro de los límites fijados por la ley, de conformidad con los valores de la democracia y los derechos fundamentales, y bajo el control de órganos jurisdiccionales independientes e imparciales«. – permítaseme unas risas irónicas en cada una de las descripciones de este nuestro Estado y lo paso a argumentar:

Límites fijados por la ley. Valores de la democracia. Derechos fundamentales (esto es lo que me causa más risa irónica). Controlados por órganos jurisdiccionales independientes e imparciales (¡pero si el propio festival de Eurovisión esta politizado hasta la saciedad!) ¡Ay, Estado de Derecho, quién lo tuviera!

Cuando se habla del límite de la ley debiera referirse a la posibilidad de vivir en un estado de paz, respetando la libertad de la otra persona sin poner en riesgo la propia. Es decir, poner en conceso cualquier propuesta democráticamente llevada a las urnas y ser, en base a ello, lo más justos posible con el voto democrático (vuelvo a utilizar la misma palabra porque así dice el refrán: dime de lo que presumes y te diré de lo que careces(vuelvo a reír irónicamente) para que ambas libertades coexistan en armonía, en paz, en democracia absoluta. En humanidad.

No, no es un pensamiento hippie, ni sobrevalorado. Es lo que queremos todos los seres humanos cuando nos preguntan en las urnas. Cuando te votamos a ti, a ti o a ti. Sé consciente y consecuente. Responsabilidad.

Utopía.

¿Los valores de la democracia de este Estado de derecho me representa en esta sociedad? Pero, ¿sirve de algo vivir en democracia en nuestra época si ni si quiera se cumple en las bases más básicas de nuestra sociedad? ¿Sirvió de algo en tiempos pasados?

Mentiras.

En una guerra, ¡ay las guerras!, ¡Ay Carmela!, se hace de todo menos preservar los derechos fundamentales de los individuos de una nación. El principio más inviolable es el que no cuesta nada violar: el derecho a la vida, porque este derecho ya no existe como tal porque una vida cuesta muy poco. Cuesta unos cuantos likes en Facebook o Instagram, cuesta lo que una novia, lo que un novio, cuesta lo que el dinero, lo que el petróleo. Cuesta nada en comparación al milagro en sí de la misma. Nada.

Pero añadimos más argumentos ante esta desfachatez: «en los artículos 15 al 29 y el 30.2, incluyen la protección de la vida, la integridad física y moral, la libertad ideológica, religiosa y de culto, así como la libertad y seguridad personal. También se garantiza el derecho al honor, la intimidad personal y familiar, y la propia imagen, además de la libertad de residencia y circulación.» No lo digo yo, lo dice la Constitución Española, esa tan olvidada acta de los españoles. ¡Qué tiempos aquellos!

Me he criado en una ciudad donde se firmó la Constitución de 1812, La Pepa, y es una ironía que los firmantes pasen por encima de ella como papel mojado, en todo, por todo, ante todo. Porque nada de ella se asemeja a nuestra realidad. Pero la estudiamos, la estudiamos para ser buenos papagayos españoles en las oposiciones a un trabajo del estado, ¡claro, que cabeza la mía, la constitución es ley! ¡Ay, Carmela!

Pero volvemos al tema: supervivencia.

Sobrevivir, aparte de a las innumerables guerras que están ocurriendo hoy día, sobrevivir a la cobardía del ser humano, a la miseria del Estado de Derecho en el que piensan que vivimos, (¡mundos de Yupy, Mi pequeño Pony, quién no recuerda esos mundos imaginarios!); sobrevivir a la perdición del dinero por el dinero, sobrevivir ante injusticias a pie de calle, a llevar la razón, a ser más que tú, a ser mejor. A ser el señor de la guerra. ¡Que vergüenza!

Por nada. Para nada.

Doris Lessing, premio nobel de la literatura europea, nacida en Irán en 1919 (qué ironía); Doris Lessing, en Memorias de una superviviente explora la desintegración social y la lucha por la supervivencia dentro de un mundo hostil y decadente visto desde los ojos de una niña de 17 años, nutriéndose de la violencia, la necesidad de ser el más fuerte, entre la barbarie y el caos; en una ciudad donde el abandono y la podredumbre son el medio de vida, donde las relaciones son mero instrumento para sobrevivir.

«En una ciudad caótica donde las ratas y las bandas de jóvenes errantes siembran el pánico, donde el gobierno se ha colapsado e impera la violencia irracional, una mujer -de mediana edad y clase media- queda al cargo de una niña de doce años a quien debe criar

¡Qué necesidad tenemos de criar hijos dentro de un sistema perdido!, ¡qué necesidad hay de amoldar la niñez a la violencia, a subsistir de la peor manera posible, de permitir que el robo y la violencia sean la Constitución del momento!. ¡Qué necesidad hay!

Sin duda, esta obra de la literatura es un alegato a la no violencia, a la gestión del pensamiento crítico y social, a erradicación de miedos impuestos en un Estado de Derecho. A la conservación de la paz. A la conservación de la humanidad.

Nunca habrá un argumento a favor de la guerra. La guerra es un sinsentido politico-económico en el que el miedo es el canal por donde se infunde el mensaje a la sociedad.

No.

«Sin duda, siempre que se nos aproxima alguien, somos cautela, medimos a la persona en cuestión, miles de mediciones y valoraciones se suceden con increíble rapidez, situandole en el lugar que le corresponde para por fin llegar al callado veredicto.» (Memorias de una superviviente)

La guerra es el camino más fácil, la explosión iridiscente que ciega a la inteligencia social, a la cultura, la consciencia y la moralidad de la humanidad.

No. Mi intención no era hacer un manifiesto, pero es lo único que tenemos en nuestras manos para poder ejercer nuestra voluntad, para alzar nuestra voz. ¡Ya basta!.

Definitivamente no.

No a la guerra.

La comunidad.

Foto: Gaelia Smith

Decisiones.

Las decisiones conforman nuestra existencia. Consecuencias, ecos de las confrontaciones que albergan nuestro camino.

Decidir qué hacer, saber qué decir en el momento adecuado, ese momento que se roba un minuto, esa mirada, la necesidad de contacto que confirma que el poder del destino lo hallamos en la contraposición: sí o no, bien o mal, aquí o allá.

Responsabilidad. Miedo a la confrontación. Expectativas que quedan varadas a la espalda de cada pérdida, de cada ganancia.

Las decisiones traen consigo una consecuencia, una parte indeleble de la razón de ser de la persona y, en el peor de los casos, sólo queda hablar en pretérito de subjuntivo para calmar, para clamar al resultado fallido, la paciencia quebrada, esa parte disimulada.

Porque todo queda expuesto. Porque tú quedas expuesta a la sociedad. Y da miedo, da miedo cuando perdemos la batalla.

Encrucijadas. De eso trata la vida.

En La comunidad de Helen Flood, situada en Kastanjesvingen, nada es lo que parece porque cada paso descubre las intenciones más ocultas de los habitantes y queda en suspense lo que sucederá. Y para Rikke y Asmund sólo una decisión tomada hizo falta para quedar a merced de esas opiniones bárbaras de los demás.

Lectura rápida, inteligente, capaz de dejar en vilo hasta el siguiente capítulo. Yo lo hice, lo leí, ¿te atreves?. «Tus secretos ya no están a salvo, entra en la comunidad«.

El secreto de Luzbel.

Foto: Gaelia Smith.

Creencias. Fe.

Religión. Mediatización.

Creer. Creer en algo. Sólo creer es lo que nos humaniza en este plano terrenal que nos ocupa ya que, necesitamos una solución lejos de lo racional en aquellos momentos en los que no tenemos ninguna otra opción que la de aferrarnos a nuestras creencias. Creer en algo. Creer en alguien. Creer.

Sólo creer.

Y manifestamos estas creencias desde una forma íntima y personal, moldeando nuestra estructura de valores para conseguir generar la calma perfecta en los momentos de desesperación. Pero también mostramos nuestra fe de una forma colectiva, compartiendo con aquellos más afines las experiencias vividas y sentirnos, de esta forma, más arropados. Pero sigue siendo lo mismo. Fe.

No obstante, cuando esta fe se torna estática, albergada por una institución, dejamos abierta la posibilidad de la deshumanización de la fe, de la sinrazón. Porque cuando todo se institucionaliza, se torna en un dogma sin sentido aparente, juega un papel desmesurado la dualidad de las cosas: el bien como contrapunto del mal. El cielo como advenimiento de lo bueno, el infierno como castigo al mal.

Todas estás manifestaciones llevan a radicalizar una actitud que debería ser genuinamente personal porque cada persona creerá en lo que le hace más fuerte, en lo que le hace más feliz, en lo que lo convierte en más humano. Lo que no entendemos provoca desasosiego encarnando el miedo y el terror.

Miedo. Misterio. Terror.

Víctor Herrero, a grandes rasgos, trata este tema en El secreto de Luzbel, en el que un misterioso asesinato vuelve a asolar el Monasterio de la Vid. Vanesa Chacón, en colaboración con el capitán de la guardia civil, Ramón Gámez, intentarán desentrañar los misterios que envuelven este crimen tan atroz, teniendo de nuevo, en el punto de mira a Ángel Beltrán, personaje que juega un papel importante también en la primera parte El plan de Luzbel.

Novela negra inteligente y bien construida que, mediante un suceso trágico, saca a la palestra temas tan interesantes como las traiciones, creencias, superación y las relaciones interpersonales.

¿Te vienes?

El ocaso de don Julio.

Foto: Gaelia Smith

¡Siempre me han llamado la atención las novelas de suspenses, los thrillers!.

Han sido clave para engancharme a una trama bien construida, con esa sorpresiva intrusión de cada personaje en el momento adecuado. Con esos finales de impresión que nos alejan de la rutina y nos dejan a su merced, la de esos buenos autores.

Lo que realmente atrae es la necesidad de suponer un porqué, maquinar la trama con el nacimiento de los personajes, intentar adelantarnos a los acontecimientos antes de que sean revelados en sus páginas.

Rara vez acertaba en mi predicción pero, para mí, esos son los buenos thrillers, esos en los que, aunque hagas cientos de cábalas en tu cabeza siempre sorprenden con un giro experto que nos deja, literalmente, boquiabierto.

En El ocaso de don Julio encontramos esta magnífica sucesión de elementos. Una buena redacción por parte del autor, Gabriel Estañ Cerezo, una trama que encandila desde las primeras páginas ya que don Julio es aquel personaje que todos hemos conocido alguna vez, un arquetipo detectivesco que reinventa la lectura de las novelas de suspense. Los elementos sorpresivos evocados por ese alguien que no esperas, ese final intenso que nos maneja las emociones generando la sorpresa, esa extrañeza fuera de lo común.

Intenso. Increíble en el cual, la política juega un papel fundamental en la sucesión de los acontecimientos ya que la corrupción de los antagonistas es necesaria para la evolución de don Julio. Ese poder corrupto que se va derramando en todos los resquicios que quedan libres, sin compasión, sin liberación alguna. Aquel que don Julio intentará combatir aunque de ello dependa su bienestar.

Cuando Gabriel contactó conmigo para darme la oportunidad de conocer su novela me lancé sin dudarlo ni un momento y, al sumergirme de lleno en ella, me sorprendí gratamente en cada página leída.

Sin duda una recomendación al cien por ciento. Se genera una muy buena experiencia de lectura, ya lo anticipo.

En El ocaso de don Julio nada es lo que parece pero todo puede ser real.

¿Te atreves a descubrirlo?

El Ocaso de Don Julio : Estañ Cerezo, Gabriel: Amazon.es: Libros

La orilla celeste del agua.

Fotografía: Gaelia Smith

Albergamos una inteligencia social que desde el principio de nuestros tiempos está destinada a la acción.

Ahora, en nuestra era digital, queda acotada a las raquíticas frases recibidas que devoramos desde alguna de las innumerables pantallas de nuestros dispositivos electrónicos. Y cuando interaccionamos con algunos de esos followers ofrecemos la impresión que cada uno merece de nosotros, esa parte bien distinta que, intencionadamente, no se acerca a lo que realmente somos.

Sin embargo, cuando tenemos la posibilidad de accionar esa compatibilidad social cara a cara, quedamos agazapados en nuestro cubículo sin tener nada que contar, sin revelar todo lo irreal.

Porque ya no hay filtros. Porque nada se lee, todo se siente.

Lo que mueve el mundo en esta era digital es la producción material. Cuanta más producción generes mayor valor obtienes pero, ¿Dónde queda la satisfacción de nuestro interior?

Esta contrapartida está dotada de la nutrición de nuestro ser, la posibilidad de centrarnos en lo que nos hace grandes y crecer alimentando nuestra alma. Permitirnos ese gozo que viene dado por lo abstracto, lo inmaterial pero que deja una huella incandescente en nuestro interior que nos permite aprender a ser lo que necesitamos ser, lo que queremos ser.

Desconectarnos de lo material para poder entrar en contacto con lo natural.

En La orilla celeste del agua, Jordi Soler nos reafirma las pautas para cultivar, para moldear nuestro ser mediante todo aquello que nos produce un beneficio espiritual, propone la desconexión de todo lo que nos aleje de nosotros mismos; crear un mapa de senderos que nos muestren el camino para realizar nuestra mejor versión.

Maravilloso ensayo que pone de manifiesto las diferentes artes y la necesidad del silencio para complacer nuestra alma.

Conocernos y reconocernos en lo que queremos y no en la imposición infructífera de lo material.

Para. Escucha. Siente.

Cuatro por cuatro.

Foto: Gaelia Smith.

La élite.

El acceso total al control, limitado sólo a unos cuantos privilegiados, magnates del engaño y la perversión.

Todo lo que queda por debajo de lo que consideran la élite quedará subordinado, bajo control.

Sólo hay un punto de vista, un pensamiento común adaptado a esa realidad creada para ese fin. Su credo.

Porque en todo poder hay corrupción y quien no juega con las reglas dictadas, estará fuera. Porque nunca se cuestionan los problemas en la élite, se eliminan.

Y ya no importan las personas como tal sino la posibilidad de poner un precio. Si se puede comprar, estará a su alcance. Así se mantiene el rol del control, tienen la posibilidad de ser propietario de algo, de alguien. Porque todo lo demás no importa.

No importa. No, importa.

Sara Mesa, en Cuatro por cuatro, nos muestra, de una manera descarnada, la realidad en donde reside el poder corrupto, la inmoralidad que emana el Gran Hermano, aquel que todo lo ve, aquel que todo lo sabe, la decisión sobre una vida, sobre una muerte. Narración que hace reflexionar sobre las dos caras del poder y el descreimiento de la verdad.

La libertad es el bien más preciado.

No permitas que te la arrebaten.

Temporada de avispas.

Un momento de nuestra vida. Un instante que queda marcado a fuego.

Una única vivencia es el punto de inflexión para creer que algo es de una determinada manera.

El subconsciente.

En nuestro subconsciente albergamos todo aquello que experimentamos con esa grandiosidad que caracteriza al acontecimiento que marca, que nos marca para bien, que lo hace para mal.

Que nos deja una huella imborrable.

La percepción de las cosas es pura subjetividad, con caracteres tan difusos que, con tan solo cambiar un mínimo detalle, la sensación sería increíblemente distinta. Porque todo se basa en los detalles. Aquellos que rigen esas situaciones de las que somos los protagonistas.

Una decisión lo es todo.

Pasos para cimentar nuestra persona, para encontrar aquello de lo que estamos hechos. La parte que decide es la que, en cada uno de esos dilemas, nos hace más fuertes, más seguros. Y esa decisión será la que influya en nuestra forma de relacionarnos, en la visión de nuestro mundo, en nuestra actuación.

Cuando la tomamos somos firmes, fieles a ella. Pero, ¿y si esa decisión no sólo nos afecta a nosotros sino que, también marcará el camino de otra persona?

Elisa Ferrer en Temporada de avispas, hace un recorrido por la vida de Núria, decepcionada y triste por la marcha temprana de su padre, intentará entender, de alguna manera, las decisiones tomadas por su madre en momentos decisivos de su vida y que, de una forma u otra, tendrá que llegar a aceptar para, asimismo, aceptarse ella misma.

Premio Tusquet, merecido por su prosa elegante y sencilla, intensa y, a veces cruda que nos da esa visión analítica de la realidad de la familia.

Alex.

Foto: Gaelia Smith.

¿Existe una manera objetiva de enfrentarse a los acontecimientos?

¿Existe una opinión única que nos muestre lo que debemos hacer en cada situación?

Entendemos nuestras vivencias como un cúmulo de acontecimientos que se van sucediendo en distintos momentos de la vida. Decidimos y actuamos en consecuencia, según los resultados que vamos obteniendo.

Es difícil aconsejar.

No tendríamos que alentar a la otra persona a tomar nuestra misma decisión en algún dilema que se nos antoje familiar ya que, cada momento, cada instante desencadena una reacción distinta a ojos de cada uno. Una consecuencia nos supone puntos de vistas totalmente diferentes a la hora de enfrentarnos a la realidad.

Es cuestión de ensayo y error. Es cuestión personal.

Es cuestión de funcionalidades, de practicidad.

Cada uno reconduce su vida conforme a la huella que van dejando esos acontecimientos. Ni mejor ni peor.

No debería conllevar valoración alguna. Sólo se basa en la personalidad. En la fortaleza. En ser uno mismo.

Por ello encontramos tantas diferencias entre nosotros, tantos desencuentros en cuestiones de vida. Porque todos creemos que lo que nos ha hecho fuerte, al otro también lo hará. Pero es un error.

En Alex, de Pierre Lemaitre, nos encontramos con esta afirmación de una manera rotunda ya que, son esas consecuencias, esa manera de enfrentarse a las cosas lo que lleva a la protagonista a tomar decisiones que marcarán su existencia de una manera catastrófica.

A medida que vamos adentrándonos en la lectura de sus páginas, Alex muestra la dicotomía que hay entre el bien y el mal, entre ser víctima o verdugo, entre la vida y la muerte. Lectura ágil, te atrapa desde los primeros renglones dejándonos una sensación que tornará a extrañeza hasta que, por fin, obtengamos nuestra propia conclusión.

Sin duda, recomendable. ¿Me das tu opinión?