El país del miedo.

La violencia.

La violencia como objetivo de separación.

El miedo que se instala en nuestro comportamiento para alterarlo y, así, ver lo diferente de una forma obtusa, deforme. Amenazante.


El miedo genera desconcierto, amenaza, situaciones inesperada, individualismo y odio a lo que no conocemos. Desolación.

Nos enseñan a odiar lo diferente. Desechamos a las personas diferentes. Dejamos a un lado lo real para infundirnos en una sociedad recreada de monstruos y amenaza constante hacia nosotros mismos.

Si eres diferente pierdes. Pierdes porque el grupo te abandona por miedo a que se les señale como encubridores. Alguien a quien la violencia persigue y señala con sus puños de hierro se convierte en miedo. Porque si estás al lado de alguien diferente, tú también serás violentado.

Una sociedad miedosa genera diferencias. Diferencias cada vez más grotescas y absurdas. Cuantas más diferencia se genere entre sus habitantes, más desconfianza habrá. El miedo será primordial.

El odio impera ante lo desconocido. Amenaza tus bienes, te deja desamparado. Porque el miedo te quita más y más.

Porque hay diferencias y esas diferencias se estigmatizan. Generan desorientación, incoherencia y, por lo tanto, intolerancia. El bien sabido: yo no creo en esto pero…

Sociedad individualizada.

Uno mira por si mismo y lo que le suceda al vecino no incumbe: yo estoy bien, ande yo caliente… Virgencita que me quede como estoy.

Esto es lo que genera la sociedad del odio, del miedo y de la separación.

Porque si estamos separados quedaremos solos, sin posibilidad de unión ante cualquier situación de vital importancia: nadie alzará la voz, porque se necesitan varias voces para ser escuchados y nadie quiere señalarse hoy en día.

Pero, ¿Cómo podemos actuar ante ciertos tipos de violencia? ¿Cómo podemos actuar ante una persona violenta, ante una ley que no protege, ante una sociedad sordomuda?

Isaac Rosa en El país del miedo propone una sociedad desequilibrada. Desequilibrada por miedo a todo y a todos, por cómo cada individuo adquiere su rol en estos entresijos de la violencia y como se ejecuta el teatro de lo absurdo y lo antinatural.

Obtenemos, en este libro, una visión general de las diferentes violencias que asolan nuestro mundo y la propensión de ciertos individuos a declararse violentos, señores de la guerra sucia del pueblo, la violencia pactada y desconsiderada.

Ciertos tipos de miedos son infundados por el aparato del estado que nos necesita separados para que la voz no se oiga, para que el pensamiento esté reprimido. Para evitar la represalia hacia lo inevitable. Nos entretienen entre nosotros para desviar nuestra atención de lo que sigue siendo importante y seguirá sucediendo en un país del miedo a todo por el todo.

La violencia sólo puede traer violencia. No hay diálogo en una situación donde imperan los golpes. No hay sentido común. Solo impera la ley del más fuerte. Del que golpea más. ¿Es justo para nosotros?

El verdadero enemigo no está entre nosotros, sino contra nosotros. ¿Podremos generar conciencia de grupo y conseguir derrotar al miedo? ¿Cómo sería vivir en un mundo sin la amenaza constante?

¿Podríamos hacerlo? Da un paso adelante.

¡Ya!

Instrucciones para una ola de calor.

Fotografía: Gaelia Smith.

La familia. El calor. ¿Hay un libro de instrucciones para ello?

Recuerdo que mi madre siempre me decía: la familia es la familia. Enfatizaba en el peso de la pertenencia, en evitar por todo medio la soledad como individuos. En la facilidad de la incondicionalidad.

Definir familia es fácil, no hay más que confirmar los significados de la RAE o de cualquier buscador en Internet y comprobar un resultado común: grupo de personas que conviven juntas y que están unidas por lazos de parentescos o legales. Con este lenguaje despersonalizado, si miramos a nuestro alrededor, vislumbramos una parte de esa familia que se nos muestra en las definiciones. Pero, realmente, ¿Cuál es el significado subjetivo de la palabra familia?

Partimos de la base de que la familia es el clan del que dependemos, nuestras señas de identidad, la que nos permite constatar que pertenecemos a un sitio en concreto, la que te da el origen y las creencias básicas para comenzar el camino. Las primeras leyes de vida te la inculca la familia.

La familia es ADN, es lo que te hace parecido a tu hermana, prima, madre, sobrina…, lo que nos distingue entre toda una multitud. El consabido parecido físico entre unos hermanos, entre padre e hijo, entre sobrino y tío. Pero, ¿este parecido físico, este ADN, es suficiente para aceptar a la familia? Hablo de aceptación, sí, porque hay veces que la familia con parentescos de consanguineidad no se conoce, no se trata, no hay lazo espiritual. No hay otros lazos que no sean los de haber nacido en el mismo clan. ¿Es suficiente esta consanguineidad?

La familia también es política, como en la definición de la RAE, es decir, las personas que eligen los miembros del clan para compartir su vida. Adquiere ese matiz de familia política. ¿Puede la familia política ser más familia que la del clan? ¿Puede darse esa situación? A veces sí, a veces llegas a un entendimiento pleno con esa persona que no alcanzas con las de tu clan. Otras veces no y sucede todo lo contrario. ¿Por qué sucede esto?

La familia, a mi entender, es la base de la experiencia que crece paulatinamente a medida que nos vamos conociendo a nosotros mismos. Es la constancia, la nota discordante, a veces, la veracidad, la opacidad, la costumbre, la intransigencia. La solidaridad, la confianza. Ser. Somos nosotros mismos los que confirmamos esa pertenencia o la negamos. Los que tenemos la decisión, primera y final.

A veces contamos con secretos para no dañar. La prudencia que se vale de la mentira para validar su presencia. Obviamos el daño racional porque descompensa la balanza, esa mentira piadosa evitará la exposición al peligro de extinción de la familia. Esa ola de calor que nos deja hastiados hasta que desaparece y podemos pensar con claridad. Esas instrucciones para una exposición al peligro de la pérdida.

Porque hay verdades incómodas, porque hay verdades irrefutables. Porque de ellas depende el equilibrio.

Cuando leemos Instrucciones para una ola de calor comenzamos con una historia familiar no más importante que otra, una huella que deja el apellido Riordan y que, a medida que avanzan las páginas, percibimos lo que no se dijo, las consecuencias de unos actos inconscientes, las decisiones no tomadas a tiempo, la apariencia fingida y la necesidad de la permanencia como tal. Maggie O’Farrell nos propone una ruta a través de los Riordan para desentrañar la definición completa de la palabra familia, con descripciones brillantes, con pasajes vivos y ligeros, una tragicomedia que nos llega a todos de lleno porque, ¿quién no pertenece a una familia, sea como sea?

La familia, tatuaje imborrable. ¿Cómo es el tuyo?