Una habitación propia.

¡Ay, hombres sin mujeres! ¡Mujeres sin hombres!

«¿Por qué era un sexo tan próspero y el otro tan pobre? ¿Qué efecto tiene la pobreza sobre la novela? […] ¿Por qué son pobres las mujeres?» Virginia, como bien expones en tu ensayo, es una condición político cultural y, como ya sabes, cuando un tema se vuelve político el actor principal es el miedo, miedo a lo desconocido. Miedo.

Miedo.

Ignorancia.

Ignorancia hacia el concepto de mujer. La mujer. ¡Ay, mujeres!

Miedo «porque si ellas se ponen a decir la verdad, la imagen del espejo se encoge«, tú misma lo dices, Virginia.

Tú misma lo dices.

Hombre: concepto soberano que impera en esta sociedad patriarcal que nos gobierna pero, ¿ellos lo han elegido? Mujer: supeditada a las carencias que pretende la sociedad causar en el hombre. ¿Lo hemos elegido así?

No. ¡No!

Imposición imperante en nuestra cultura. «Todo este competir de un sexo con otro; todas estas reivindicaciones de superioridad e imputaciones de inferioridad corresponden a la etapa de las escuelas privadas de la existencia humana, en que hay bandos y un bando debe vencer al otro«. Así ha sido siempre con cualquier opuesto complementario, todo se basa en una lucha y no en una complementación.

¿Qué significa complementación para la política? Miedo. Usurpación. Destrucción.

O tú o yo.

De eso se trata, ya no nuestra sociedad patriarcal, eso ha quedado casi en desuso, se trata de una sociedad superviviente, sobreviviente. Sálvese quien pueda, ¿no?

Hombre, concepto superior soberano gracias a la divinidad del destino. Suerte, ¿y si no es así? Mujer: concepto de ser humano servil, doliente y débil según su contrapunto meridiano. Permíteme que lo exprese de otra forma: mujer, concepto de miedo escénico del hombre socialus-politicus común y corriente.

Porque los chicos no lloran: boys don’t cry, ¿no?

¡Ay, revolución!. Qué falta nos hace aquí una Dolores Ibárruri, nos hace falta pasión para hacer esa revolución que venimos intentando hacer desde hace tiempo pero que se queda en mínimo esfuerzo. Revoluciones de puertas para adentro, de estufas y de ande yo caliente…

Revolución entendida como tal y no como lo hacemos hoy en día maltratando a la lengua española que nos ha dado solo diversidad léxico-semántica, ¿Qué culpa tiene la lengua de que nuestra política sea tan pacata?


¡Qué la revolución no se basa en poner como término morfológico de género inclusivo una -e en vez de nuestra -o, nuestra -a! Que hay lenguas que no tienen masculino y femenino marcado y siguen teniendo el mismo sistema político social que conocemos, que no se trata de maquillar las luchas, que el concepto de gilipollas (léxico inclusivo español) engloba a masculino y femenino; que cojones tenemos todos, mujeres y hombres, que no.

Que no es así.

¡Qué no nos enteramos! Que alterando una forma gramatical no revolucionamos el sistema político-corrupto-social, que no.

¡Qué no! (como gritaría el Niño de Elche)

Que para cambiar la mentalidad de las personas (sustantivo inclusivo también, ¡ay que ver cuántos nos encontramos en nuestra querida lengua española!) habría que hacer mucho más que estas insulsas pataletas de niños de teta. Habría que creer firmemente en el valor que nos otorga el feminismo a ambos sexos, a ser una conjunción complementaria, un valor en la lucha. Un fin común. Un nosotros.

La revolución se hace en las calles, no en las sobremesas.

«Oh, pero no podéis comprar hasta la literatura. La literatura está abierta a todos. No te permitiré, por más bedel que seas, que me apartes de la hierba. Cierra con llave tus bibliotecas, si quieres, pero no hay barrera, cerradura, ni cerrojo que puedas imponer a la libertad de mi mente«

¿Desarmamos el sistema?